V domingo de Pascua; 6-V-2012

Tensiones en el desarrollo de la Iglesia

En el Evangelio de hoy dice Jesús: “yo soy la vid, ustedes los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, da mucho fruto; porque sin mí nada pueden hacer”. La Iglesia es aquí representada bajo la imagen agrícola de la viña. Pero, en el fondo el acento es sobre la comunión o no, entre los miembros del pueblo y Cristo. Y, el criterio para distinguir si hay comunión eclesial son los frutos: la observancia de los mandamientos y el amor fraterno. En la primera lectura, de los Hechos de los Apóstoles, Pablo, después de su conversión, quiso encontrarse con los discípulos de Jerusalén, donde culminó la actividad de Jesús, para que se reconociera visiblemente su comunión con los hermanos que habían sido testigos privilegiados de la Resurrección; de modo que quedara evidenciada la unidad de la misión evangelizadora de la Iglesia. “Intentando unirse a los discípulos, todos le tenían miedo, no creyendo que ya fuera discípulo. Entonces Bernabé lo tomó consigo y lo presentó a los Apóstoles y les habló de él”. Así, la comunidad lo aceptó; de modo que la comunidad cristiana crecía en número y en progreso espiritual. Plantada sobre la fe en Cristo resucitado, la nueva Comunidad, como vid fecunda guiada por el Espíritu Santo, extiende sus ramas: se construye poco a poco, hace progresos, se multiplica. Así como en Jerusalén culminó la misión de Jesús, así, de Jerusalén partió la misión de los Apóstoles y también de Pablo, para abarcar hombres de razas y culturas diversas: y por fin: “la Iglesia estaba en paz…, crecía y caminaba en el temor del Señor confortada por el Espíritu Santo”. Poco a poco, van surgiendo las diversas Iglesias a lo largo de los itinerarios apostólicos, todas reunidas en la unidad de la fe y de la caridad en Cristo. El dinamismo de crecimiento y expansión sigue vivo y vital hasta el presente. El centro de unidad se trasladó de Jerusalén a Roma donde murió S. Pedro, se asumieron y transformaron modelos de organización y de pensamiento característicos de las culturas en que se inserta y encarna, sin imponer modelos a las Iglesias locales, las cuales deben encontrar una fisonomía propia para anunciar el único mensaje salvífico. Se da pues unidad en lo esencial y pluralidad en lo local, con las tensiones normales de un organismo vivo. En las diferencias, el fiel de la balanza es la íntima unión entre Cristo y el Padre, como entre la vid y los sarmientos. La preocupación del Señor por el porvenir de su cuerpo es que fundado por Él, permanezca injertado a Él: condición esencial para dar fruto. Y, hoy más que nunca, el cristiano está llamado a rendir mucho fruto: frutos de justicia social, no como lucha por el poder, sino como muestra de respeto y de amor para toda persona como el embrión que germina en el vientre de la madre, o del anciano que se marchita en su carne, a la sombra de un asilo y en la soledad. Frutos de promoción humana, donde el hombre, no sólo es protagonista de una historia sin significado que se repite constantemente, sino el hijo y el hermano, que encuentra en la historia el camino que conduce al Padre celestial. Frutos en la comunión personal y comunitaria que se vive en la comunidad de los creyentes trascendiéndola en la plenitud del amor personal. En esta vivencia dinámica de fe, no sólo es glorificado el Padre celestial, sino que su gloria se participa y se refleja en el rostro del hombre donde las huellas de la fatiga y del dolor sean señales que se tornan en preludio de vida. Todo crecimiento va siempre acompañado de tensiones en sentido fisiológico, social, político o religioso. Y, las tensiones que experimenta la Iglesia pueden mirarse como fecundas y constructivas a condición de que sean contempladas en el amor, fuera de todo resentimiento y de toda radicalización excluyente. Es bueno un sano pluralismo y que se den las tensiones actuales, cuando sirven para crecer comunitaria o socialmente. Pero, son ilegítimas cuando se transforman en sectarismo, a nivel civil o a nivel religioso. El ardor que se pone en la lucha contra las discriminaciones raciales, étnicas, ideológicas o nacionales, debe evitarse en el ámbito del pueblo de Dios. Debe prevalecer el amor.

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