CONSAGRACIÓN AL ESPÍRITU SANTO

El ambiente persecutorio, anterior y posterior a la Constitución del 1917, estuvo salpicado por la tradicional inquina de los liberales jacobinos, socialistas y protestantes que figuraban en las filas revolucionarias y alarmados por el florecimiento de la Iglesia Católica. El constituyente José Álvarez dijo en Querétaro que las doctrinas, prédicas y prácticas religiosas católicas sólo eran la manera de apoderarse del poder. En consecuencia, Mons. Mendoza de Durango, estuvo preso en Durango, en Zamora y en Morelia; fue maltratado y sufrió en silencio. En Querétaro, Puebla y México, los revolucionarios pusieron encargados diocesanos a sacerdotes nombrados por ellos. En veintitrés Diócesis, los Sacerdotes fueron total o parcialmente reducidos a prisión. En torno a 1917, catorce religiosos y Presbíteros de distintas Diócesis fueron asesinados. Casi en todas partes, las religiosas fueron arrojadas de sus conventos y muchas de ellas sometidas a ultrajes de la soldadesca, etc., etc. Sólo el Obispado de Cuernavaca se libró de todo ello, por estar en territorio zapatista.
La ola persecutoria siguió en aumento hasta que se generalizó en 1926-1929 con martirios en varios Estados de la República, que nos alcanzaron un buen grupo de Santos canonizados y de otros que aún faltan por venir.
Sintiendo los Obispos la ola persecutoria después de 1917, el 12 de octubre de 1924, como uno de los actos del Congreso Eucarístico nacional, fue la consagración que hicieron de México al Espíritu Santo. Para dar más realce a la consagración y coincidiendo con Pentecostés, los Obispos resolvieron ratificarla cada uno en su Diócesis el 31 de mayo del 1925.
Consagrar un objeto, una persona o una gran Institución, es dedicar algo o alguien a un destino último y final, a Dios, a quien estamos consagrados desde el Bautismo y la confirmación el señorío de Dios en el espacio y el tiempo. Es reconocer que Dios ejerce el señorío supremo sobre personas, objetos e instituciones; es reorientar constantemente nuestro actuar por el Reino y por la gloria de Dios.
Pero, “la presencia del mal en la historia de la humanidad ha sido siempre repetitiva y cíclica, envuelta de tragedia y drama, de lucha y ambición, una y otra vez se impone la ley del más fuerte y se pisotea con gran facilidad la dignidad de la persona humana”. (Mons. Carlos Aguiar Retes, Basílica de Guadalupe, 20 de abril del 2009).
Y así, una vez más, el mal y la violencia nos abruman y rodean. Una vez más somos apremiados a recurrir a Dios Santo, Fuerte e Inmortal, invocando su poder que nos libre de todo mal.
En este marco agradezco a los Sres. Obispos de la Arquidiócesis, a los Sacerdotes, las Religiosas y los Laicos sus muestras de amabilidad, simpatía y solidaridad, Aprecio en lo que vale su sentido de comunión eclesial y cívica.
Muchas personas me comunican su experiencia de sufrimiento y desconcierto; o me preguntan ¿qué hacer?: les anuncio que a fines de mayo renovaremos la Consagración de nuestra Arquidiócesis al Espíritu Santo, y los convoco a renovar nuestra consagración. Y, que cada Parroquia haga lo mismo, en esa fecha o en otra cercana: que la consagración se alargue y se multiplique. Ya nuestros antecesores lo hicieron; nos corresponde ratificar personalmente y de manera nueva, lo que ellos hicieron por nosotros.
Durango, Dgo. 26 de abril del 2009.
Héctor González Martínez
Arz. de Durango

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