Corramos con constancia en la carrera que nos toca…, fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe, Jesús (Heb 12,1-2)

Ser discípulo de Jesús en un mundo como el nuestro no resulta tarea fácil ni confortable tanto por la oposición exterior como por la resistencia interior. Jesús nos lo recuerda en el evangelio de la Misa: ¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? No, sino división.

Tal fue la situación que le tocó vivir al profeta Jeremías, cuya existencia discurrió por los momentos amargos del exilio de Babilonia. El profeta intentó salvar de la destrucción la ciudad y el templo, pero fue en balde. Su propuesta, inspirada por Dios, de rendirse a los caldeos fue interpretada –con lógica humana– como de alta traición (pues desmoralizaba a los soldados y a la gente), por lo que fue perseguido y puesto en trance de muerte. Pero, finalmente, se cumplió el anuncio divino, siendo hecho prisionero el rey, al que le sacaron los ojos; sus hijos y sus dignatarios acabaron degollados; la ciudad y el templo fueron destruidos e incendiados… Los que se entregaron a los caldeos salvaron la vida, aunque fueron deportados a Babilonia; a la gente pobre se la dejó en Judá y le fueron entregadas viñas y tierras, y el profeta Jeremías fue respetado (Jer 39,9-12).

El mundo al que vino Jesús estaba ajeno a Dios, desquiciado y descarriado. En un mundo en que el hombre se erige en criterio de verdad y de bien, prevalece el interés particular; se quebranta el derecho y la justicia; el hombre –e incluso el mundo– no es respetado; se pone en riesgo hasta la viabilidad de la existencia (¡salvemos el planeta Tierra!, se grita cada vez con más fuerza). Cuanto más se encumbra el hombre (sin estar referido a Dios) tanto mayor peligro de desplome esconde. No deja de sorprendernos que Dios haya permitido una oposición tan frontal a su proyecto benéfico para el mundo (“la posibilidad de libertad de elección trae la escisión y la división” –P. Franquesa, Misa Dominical 1986,16). Hasta el punto de que sus fieles, y en especial su Mesías, llegaran a verse abocados a una situación crítica.

Jesús había venido a incendiar el mundo, y deseaba que ya estuviera ardiendo por los cuatro costados, aunque esto aún no se había producido. Siente cercano el momento predicho por el anciano Simeón en el templo de que Él sería un signo de contradicción, por causa del cual, muchos en Israel caerían o se levantarían y frente al que se pondrían de manifiesto los pensamientos de muchos corazones (Lc 2,34-35).

En el evangelio de hoy, Jesús habla de su misión en el mundo y de sus consecuencias. Es un pasaje cargado de sentimiento y emoción (téngase en cuenta que los versos 49-50: –«He venido a prender fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo! Con un bautismo tengo que ser bautizado, ¡y qué angustia sufro hasta que se cumpla!»– constituyen un logion, o palabras auténticas de Jesús –Schimid, El evangelio según san Lucas, Herder, 324). Jesús descubre sus sentimientos en relación con su misión, su impaciencia porque el Reino de Dios se establezca en la tierra y su angustia hasta llevar a cabo el principal encargo del Padre, como era el de recibir el bautismo de sangre, que había de ser la piedra angular para la instauración del Reino de Dios. Jesús se muestra deseoso de que la lucha empiece, de manera que cada cual tome partido por Él o contra Él.

Se define a sí mismo como un incendiario que ha venido a prender fuego al mundo, un mundo de pecado y perdición. Pero el incendio que Él quiere provocar no pretende consumir el mundo y destruirlo, ya que el mismo Jesús forma parte de este mundo. El fuego sale de su boca por la palabra de la Verdad; y, de su entraña, siembra la semilla de una vida inspirada por el Amor. La misión que le ha encargado el Padre es la de salvar al mundo, y esta operación pasa por su bautismo de sangre, que está deseando que tenga su cumplimiento, ya que, como anunció Juan Bautista, Jesús trae un bautismo con Espíritu Santo y fuego (Lc 3,16): fuego purificador y Espíritu vivificante. Jesús es el punto de partida de la regeneración del mundo; Él es también, en sí mismo, su perfección, y su consumación anticipada con respecto al mundo nuevo. Lo que producirá un cambio tan radical será la cruz, y quien quiera ser discípulo suyo habrá de llevar su propia cruz.

Podría ocurrir que algunos de sus seguidores se hubieran hecho a la idea de que el mensaje de Jesús era pacificador, contemporizador: pero nada más lejos de la realidad, antes al contrario causará división y odio aun en las familias. “La paz de Jesús es fruto de una lucha constante contra el mal” (Benedicto XVI, Ángelus 19.08.2007). La apocalíptica judía menciona la disensión en el seno de la familia como uno de los dolores mesiánicos, que precederá inmediatamente a la venida del Mesías (Schimid, 325). ¡Hasta tal punto radicalizará los espíritus! No será fácil para Él ni tampoco para sus seguidores. Pues no es extraño que el hombre engreído no tolere al hombre piadoso, ya que éste –con su vida recta– le echa en cara y le afea su conducta… Por eso, los discípulos de Jesús siempre encontrarán oposición, incluso entre los de su casa. No es que su mensaje promueva la lucha y la disensión, pero esto será inevitable, pues Dios es innegociable, ya que es la Verdad misma. Jesús establece el criterio, como dice el Papa Francisco: “Vivir para sí mismos o vivir para Dios y para los demás; hacerse servir o servir; obedecer al propio yo u obedecer a Dios” (Ángelus 18.08.2013). E incluso algunos de los seguidores de Jesús serán exigidos al máximo hasta la entrega de su vida.

El autor de la Carta a los hebreos escribe a los cristianos del siglo I para que mantengan el ánimo en las pruebas y para estimularlos con el ejemplo de tantos testigos que, afianzados en su fe, realizaron proezas o fueron torturados hasta la muerte esperando una resurrección mejor (Heb 11,35), o pasaron por las pruebas de las burlas y los azotes, de las cadenas y la cárcel… (Heb 11,36-37; cf. Heb 11), y los exhorta a correr con la vista puesta en la meta, renunciando a lo que les estorba y al pecado, fijos los ojos en Jesús, que soportó la cruz y está sentado a la derecha de Dios, alentándolos al heroísmo, si fuera preciso: Todavía no habéis llegado a la sangre en vuestra pelea contra el pecado, les dice (Heb 12,4).

En algunos lugares del mundo, los discípulos de Jesús siguen siendo literalmente crucificados como ocurrió a los primeros seguidores de Cristo, y ha sucedido a cristianos de todos los tiempos. En el momento presente, nosotros no soportamos una oposición tan encarnizada, pero no por eso menos peligrosa. Pues el sacrificio purifica y perfecciona; en cambio, es más difícil mantener la autenticidad de la fe y la verdad de una vida según Dios en una situación de increencia, de indiferencia, de pérdida o desorden de valores. Así pues, no os canséis ni perdáis el ánimo, como dice la Carta a los hebreos.

Héctor González Martínez

Arzobispo Emérito de Durango

El que es fiel en lo poco, lo será en lo mucho (Lc 16,10)

Siendo niño, volvía del entierro del señor Abel, persona muy entrada en años. Acetre en mano, caminaba a la izquierda del párroco. Delante, el señor Quintín, hombre sentencioso, que portaba el tradicional pendón en los entierros. Ya cerca de la iglesia se vuelve y dice al párroco: ¡Ay, D. Antonio! Los jóvenes se mueren muchos; los viejos, no queda ninguno. Esta sentencia se me grabó, y el día a día confirma su realidad. Estamos de paso. Lo mismo mueren ricos que pobres, y tampoco hay seguro vida en esta tierra, ni para jóvenes ni para ancianos. Y como dice el libro de Job: desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré a él (1,21); por mucha riqueza que se haya almacenado en este mundo, aquí se queda todo, nadie se lleva nada material.

Continuando con el evangelio del domingo anterior, S. Lucas, en la primera parte del texto, nos invita a pensar en esta vida con criterios de eternidad, y a almacenar para la vida eterna, allí donde no se acercan los ladrones ni roe la polilla (12,33). Lo lógico, por tanto, es que nos preocupemos no de lo pasajero, sino de aquello que es fundamental: el Reino de Dios. La comida y vestido deben quedar en lugar secundario.

Profundizando más en el tema, el evangelista continúa ofreciéndonos las parábolas que hemos escuchado. Son parábolas con distintos protagonistas, pero con un mismo tema: la vigilancia en espera del retorno de Jesús. Vigilancia sobre nosotros, sobre nuestro trabajo, sobre nuestra conducta. La vigilancia supone la capacidad de una espera activa, el hombre vigilante busca que su comportamiento coincida siempre con la voluntad del Señor. Una de estas parábolas es la del ciervo que espera la llegada de su amo, sea la hora que sea. En esta parábola, Jesús contrasta el comportamiento de un buen criado con el comportamiento del mal servidor. El buen criado cuida de su trabajo en ausencia de su amo, busca obedecer (vv.37-38). El mal sirviente no aprecia la vigilancia. Vive como si nunca fuera a rendir cuentas a su amo. Pero llegará el día de la responsabilidad, y al regreso de su amo, el criado malvado será castigado.

Todos necesitamos vigilar, la experiencia personal nos confirma que constantemente somos acechados por el diablo para que obremos en contra de los planes de Dios en nosotros. El Señor nos dijo: Velad y orad, para que no caer en la tentación (Mt 26,41) y el apóstol Pedro nos amonesta: Sed sobrios, velad. Vuestro adversario, el diablo, como león rugiente, ronda buscando a quien devorar (2P 5,8). No vivir vigilantes, implica gastar la vida, vivir a merced de lo que se guisa en la calle, y vivimos en una sociedad en la que muchos están interesados en crear gente irreflexiva para así poder dominarlos más fácilmente.

Pero, ¿cuándo sucederá esto?…  Jesús no dijo exactamente cuándo sería el momento de su llegada, pero sí comparó este día a la impredecible llegada de un ladrón que no avisa cuando llega, y roba una casa por la noche (v.39). Lo mismo vosotros –dice el Señor– estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre (v.40). La llegada del Reino no admite distracciones. El cristiano centinela no sólo ha de estar atento, sino que debe cultivar la espiritualidad de las pequeñas cosas, porque como dice el Señor: el que es fiel en lo poco, lo será en lo mucho (Lc 16,10).

La intervención del apóstol Pedro (v.41) hace que la atención se dirija a todos aquellos que hoy tenemos alguna responsabilidad ante la comunidad. ¿Cuál es el deber de los responsables en cada comunidad: iglesia, familia, escuelas, municipios, etc.? Entender que su función es la de servir, establecer relaciones de fraternidad y la de ser administradores fieles y prudentes. Si esto se realiza, entonces sí, los líderes podrán administrar todos los bienes, es decir, los valores humanos, morales y espirituales, todo aquello que lleva a la plena realización de las personas. Pero los responsables pueden también pervertir su función si transforman la autoridad en dominio o autoritarismo. Y el tema es más grave si conociendo la voluntad de Dios, se actúa de manera contraria. El juicio de Dios será más severo.

Según cumplamos o no tendremos premio o castigo. Un buen vigilante realiza su cometido con todos los sentidos. Tampoco se abandona a las improvisaciones que surjan, sino que en todo momento estará atento a poner en práctica los valores que motivan su misión.

Héctor González Martínez

Arzobispo Emérito de Durango

Aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra (Col 3, 2)

El camino que Jesús va recorriendo en dirección a Jerusalén, puesta la mirada en lo que allí le espera, será descrito por san Lucas en clave docente, para indicarnos cómo debe ser el camino de sus seguidores. En efecto, si el domingo pasado se nos hablaba de la oración, el próximo nos hablará de la vigilancia, mientras que hoy nos comunica el mensaje de Jesús sobre el desapego que hemos de tener en relación con las riquezas y no dejarnos llevar del afán inmoderado de poseer bienes materiales y los peligros que ello conlleva. Ya lo hemos escuchado en las tres lecturas; el aviso puede parecer un “aguafiestas” para quienes se encuentran disfrutando de sus vacaciones, pero no, no es.

Tanto la primera lectura, tomada del Eclesiastés, en la que resuena con insistencia un aviso: todo es vanidad (Ecl 1,2), como en la segunda, tomada de la Carta dirigida por san Pablo a los cristianos de Colosas; en ella les dice: aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra (Col 3,2). Ambas lecturas nos presentan una llamada apremiante a no dejarnos arrastrar por el instinto del poseer. Por supuesto que no se trata de una filosofía que desprecie los bienes materiales. No, lo que se nos brinda es un sentido cristiano de las realidades humanas, un orden de valores y una manera de comportarnos frente a esos valores y con miras a nuestro destino final.

A este respecto, la parábola del Evangelio es muy elocuente y expresiva: el dueño de aquellas tierras sueña con la ampliación de los graneros en vista de la gran cosecha que espera y que garantiza el mayor de los placeres a su egoísmo. No tendrá que preocuparse de trabajar durante mucho tiempo. Pero aquella misma noche escuchará una voz que le dice: Necio, esta noche se te va a reclamar el alma, y ¿de quién será lo que has preparado? (Lc 12, 20). Así le responde Dios en la parábola que Jesús narra a aquel hombre rico y atolondrado que esperaba una gran cosecha que le iba a hacer feliz para el resto de su vida.

Con el recurso a la parábola trataba el Maestro de guiar por caminos de sensatez y prudencia al que, arrastrado por la codicia, le hizo una consulta sobre el reparto de los bienes. La codicia, sabemos, es el afán excesivo de riquezas. Jesús nos quiere advertir de los peligros que lleva consigo este vicio. No es fácil mantener un término equilibrado ante los bienes creados; la actitud ante ellos es un asunto de gran transcendencia para nuestra salvación. El tema viene colocado por san Ignacio de Loyola en la meditación inicial en sus famosos Ejercicios Espirituales. Una vez clarificado el fin para el que el hombre ha sido creado, nos recuerda que las otras cosas han sido creadas para que le ayuden a conseguir su fin. “De donde se sigue –concluye el Santo- que el hombre tanto ha de usar de ellas cuanto le ayudan para su fin y tanto debe quitarse de ellas, cuanto para ello le impiden”(EE 23).

Once siglos antes de san Ignacio, san Agustín, en su obra sobre la Doctrina cristiana, nos dice que “si pretendemos gozar de aquellos bienes de los que solamente debemos usar, obstruimos y, a veces, equivocamos el camino, de tal modo que, entretenidos con la afición y el apego de los bienes inferiores, retrasamos e incluso imposibilitamos la construcción del Bien Supremo” (I, XXII, 20-21).

San Pablo en la segunda lectura nos dice: Aspirad a los bienes de arriba no a los de la tierra…, os habéis despojado del hombre viejo con sus obras y os habéis revestido de la nueva condición (Col 3, 2.9). Y por si no se entiende bien lo que quiere decir con la expresión “hombre viejo”, añade: Dad muerte a todo lo terreno que hay en vosotros: la fornicación la impureza, la pasión, la codicia y la avaricia, que es una idolatría (Ibíd., 5). Como pueden ver, codicia y avaricia están entre los vicios que deben desaparecer de la vida de todo cristiano.

Consecuentemente, lo principal es ser rico ante Dios, y no ante los hombres. Ser ricos en buenas obras, y no en cuentas corrientes. Sería una pena que uno “amasara riquezas para sí”, afanarse por conseguir aquellas cosas que cree que le van a dar la felicidad, y no se preocupara de lo más importante que es “ser rico ante Dios”. El mundo nos invita a una carrera desenfrenada por los bienes materiales, para tener más cosas que los demás y asegurar obsesivamente el futuro. Por ese camino nos convertimos en esclavos de la sociedad de consumo, que crea necesidades siempre nuevas para que gasten.

Pero lo que contará al final son las buenas obras que hayamos hecho, no el dinero que hayamos logrado almacenar (que podrá irá aparar a manos de quien no lo ha ganado). Mereceríamos que Jesús nos llamara también “necios” e “insensatos”, si desterramos a Dios de nuestra vida, si no nos preocupamos de los demás, si el compartir es un verbo ajeno en nuestro diccionario, si ponemos nuestro futuro en las cosas de este mundo. Si, en fin, como el rico de la parábola almacenamos cosas caducas que nos pueden ser arrebatadas en cualquier momento y nos van a aprovechar muy poco. ¡Qué necia aquella expresión que uno ha oído algunas veces: “a mí que me quiten lo bailado”!

Hacemos bien en trabajar y procurar un bienestar para nosotros y para la propia familia y por ayudar a los hijos a asegurarse una carrera y unos estudios. Pero hay cosas importantes que no se contabilizan ni en el Banco ni en la hoja de calificaciones. A la hora de educar a nuestros jóvenes, deberíamos inculcarles, sobre todo, el aprecio a los valores auténticos, tanto humanos como cristianos y relativizando los demás.

Héctor González Martínez

Arzobispo Emérito de Durango

«Señor, enséñanos a orar como Juan enseñó a sus discípulos» (Lc 11,1)

Hoy, la palabra de Dios nos ofrece una instrucción sobre la oración. La oración es la comunicación personal del hombre con Dios, cuya forma normal es el diálogo.

Todos los seres del mundo estamos relacionados; baste el ejemplo del cambio climático. De modo especial, los seres inteligentes necesitamos comunicarnos entre nosotros. La comunicación con nuestros semejantes nos enriquece, nos afianza como personas y nos consolida en el ser.

Tanto más necesaria es la comunicación con Dios, cuanto que, en Él, se encuentra el fundamento de nuestro ser y la razón de nuestra existencia. Pero, además, al ser tratados por Él como personas y admitir que nosotros lo tratemos también personalmente, esta relación nos hace tomar conciencia de nuestra valía; y el don de su vida divina que nos concede el Señor junto con la promesa de vida eterna dispara nuestras posibilidades y expectativas de alcanzar la comunión con Dios.

El evangelio de la Misa es el texto principal de la catequesis de hoy sobre la oración. Es un pasaje muy hermoso que contiene la enseñanza de Jesús acerca de cómo sus discípulos debemos dirigirnos a Dios. La enseñanza del padrenuestro se completa con dos parábolas meridianamente claras sobre la confianza con que hemos de dirigirnos a Dios.

Pero antes de comentar el evangelio, nos fijaremos en el pasaje del libro del Génesis, que contiene una de las páginas más bellas de la Sagrada Escritura: es un diálogo de Dios con Abrahán.

Después de haber sido el Señor agasajado por Abrahán en su tienda de Mambré y de haber concretado la promesa de la descendencia con el anuncio del nacimiento de Isaac en el plazo de un año, digamos que se había estrechado la relación de amistad entre Dios y Abrahán. De ahí que Dios meditara hacer partícipe a Abrahán (en quien serían bendecidos por Dios todos los pueblos de la tierra) de la importante decisión que tenía en mente, de llevar a cabo la destrucción de las ciudades de Sodoma y Gomorra por la gravedad de su pecado. Y el Señor se lo dijo a Abrahán.

Cuando los dos personajes que acompañaban al Señor tomaron el camino de Sodoma, y Abrahán se quedó a solas con el Señor, no pudo por menos de decirle lo que le brotaba del corazón, y que no le cabía en la cabeza. ¿Acaso pensaba el Señor destruir al inocente con el culpable? ¿Es que no haría justicia el rey de la tierra? (¿Está insinuando que Dios es injusto? ¿Se atreve a juzgar a Dios según su criterio de justicia? ¿Qué nos hace inadmisible que mueran justos por pecadores? ¿De dónde proviene nuestro sentido de la justicia? ¿Por qué estamos persuadidos de que la salud, los demás bienes y la vida misma nos son debidos? Debidos ¿por quién? Y si nos faltan, en protesta, negamos que el mundo esté regido por un ser bueno, y le atribuimos el gobierno del mundo a un destino ciego que no distingue entre hombres justos y todo lo demás, es decir, que equipara a los justos con los injustos y aun con los animales.)

Abrahán entendía que era más justo perdonar a una multitud de culpables en atención a unos pocos inocentes, que hacer que pagaran justos por pecadores. Y sabía que la justicia de Dios, cercana a la misericordia redentora, lo disponía a perdonar a todos si encontraba un mínimo de personas justas. Por eso regatea con Dios y consigue rebajar el número de inocentes de cincuenta a diez (no se atreve a bajar más). Pues, en el Antiguo Testamento, prevalece el sentido de la justicia; en cambio, en el Nuevo, gracias a Cristo (que ha satisfecho la justicia divina), se impone la misericordia y el perdón: la justicia de uno sirvió para la justificación de todos (Rom 5,17-19).

El diálogo de Abrahán con Dios es franco, relacionado con hechos de la vida, y tiene la capacidad de cambiar la decisión del Altísimo.

Vayamos ahora al evangelio, que nos transmite la enseñanza de Jesús a sus discípulos sobre cómo han de dirigirse a Dios y qué le han de pedir. El ejemplo de Jesús en oración suscita el deseo de los discípulos de aprender a orar. Jesús no les ofrece tanto una fórmula de oración (aunque la Iglesia la elaboró muy pronto, en el siglo I) cuanto un estilo de oración, y, por cierto, una oración comunitaria: la bondad de Dios se extiende a todos los hombres, tanto amigos como enemigos. Contiene dos partes: la enseñanza del padrenuestro y la confianza en la bondad de Dios, como el mejor de los padres.

Lo primero que se ha de destacar es el tratamiento de Dios como «padre», que sitúa al orante en espíritu ante Dios. Esta forma familiar de dirigirse a Dios (abba) es algo nuevo, inaudito para oídos judíos (Schmid, El evangelio según san Mateo, Herder, 181). La designación de Dios como padre de los hombres, por parte de Jesús, expresa con una fuerza nueva la idea de que Dios es la bondad absoluta para todos los hombres, para los que desea su salvación (Ídem, 186-187). Esto tiene su consecuencia en la confianza, sin vacilación con que han de esperar recibir de Él lo que le piden (idea reforzada por las parábolas del amigo importuno y el hijo que pide a su padre comida, y llevada al extremo en la audaz imagen de la fe que mueve montañas, Mc 11,23). Si cualquier padre humano da cosas buenas a los hijos que le piden, a fortiori Dios dará el Espíritu Santo a los que se lo piden.

Para ello, han de ajustar los contenidos de su petición a los mejores deseos de favorecerlos que hay en el corazón del Padre Dios: la santificación del nombre de Dios; el establecimiento de su reino; el alimento material necesario para sostener la vida que Dios les ha regalado; el perdón de los pecados fundamentado en el perdón al prójimo, y la superación de la tentación que los pone en riesgo de pecar.

Al pedir santificado sea tu nombre, le rogamos que glorifique su nombre, que manifieste su esencia divina, como el santo, que salva por su poder, su sabiduría y su bondad, y el Altísimo sobre todo el mundo, a quien únicamente corresponde el juicio. La santificación del nombre de Dios es equivalente a la venida de su reino, algo que se realizará plenamente al fin de los tiempos. Sólo con la venida plena del reino será santificado el nombre de Dios. Al pedir venga tu reino, el hombre convierte en deseo suyo lo que es cosa de Dios, es decir, la soberanía de Dios: ésta es la petición central de toda la oración del padrenuestro (Ídem, 190). Ambas peticiones, así como también la tercera del texto de san Mateo hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo (Mt 6,10), no son sino distintas formulaciones de la misma oración: la venida del Reino de Dios, que es “el objeto primero y principal de la oración según el espíritu de Jesús” (Ídem, 191). Bien es verdad que se refiere al mundo futuro, que no es actual, sin embargo “mantiene su valor como motivo para la vida humana, que tiene que ser deseo incesante del reino” (Ídem, 192).

Le pedimos también: danos cada día nuestro pan cotidiano, es decir, lo necesario para la vida temporal, que, incluso siendo fruto de nuestro trabajo, se ha de recibir como don de Dios.

Sigue la súplica: perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe. Mediante el perdón, Dios nos dispone al encuentro con Él en el reino. Pero, para obtener el perdón divino, es condición indispensable la disposición a perdonar al prójimo por parte del hombre. Concluye el padrenuestro de Lucas (el de Mateo añade una séptima petición: y líbranos del mal, Mt 6,13) con la súplica no nos dejes caer en tentación, pues los discípulos han de ser conscientes de su fragilidad y de que la superación de la tentación es gracia de Dios.

Así pues, en todas nuestras oraciones, sigamos la recomendación del Señor: Buscad sobre todo el Reino de Dios y su justicia; y todo esto se os dará por añadidura (Mt 6,33).

Héctor González Martínez

Arzobispo Emérito de Durango

María ha escogido la mejor parte, y no le será quitada (Lc.10,42)

Jesús continúa los encuentros con todo tipo de personas en su viaje hacia Jerusalén. El texto evangélico del pasado domingo nos presentaba a un doctor que le preguntaba sobre la vida eterna y quién era su prójimo. Jesús le expuso la conocida parábola del samaritano, y tanto al doctor como a nosotros nos decía que el camino para llegar a Dios es la atención a toda persona necesitada, y nos invitaba a hacer lo mismo que hizo el samaritano.

Y en este camino hacia Jerusalén, Jesús entra hoy en la casa de unos amigos. S. Lucas solamente nos dice que entró en una casa, donde viven dos hermanas, Marta y María. S. Juan nos da a entender que estas hermanas, juntamente con su hermano Lázaro eran amigas de Jesús (Jn 11,1-5). Marta, buena anfitriona, se preocupó de agasajar al Maestro, lo amaba y quería darle una acogida digna, que no le faltara nada, que pudiera recuperar fuerzas para seguir el camino, y en este menester emplea su tiempo y sus energías. Podemos imaginar la escena. En cambio, su hermana María se despreocupa de estas ocupaciones y se limita a ponerse a sus pies y escuchar su palabra. Esta actitud incomoda a Marta y desde la confianza que muestra hacia Jesús, le dice, más bien le increpa: Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola para servir? Dile que me eche una mano (10,40). Pero el Señor le respondió: Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas; solo una es necesaria. María, pues, ha escogido la mejor parte (v.41). Marta con su comportamiento da más importancia al servicio que a la escucha.

Es lícito preocuparse por la casa, el vestido, la comida, la educación, tantas cosas como necesitamos o que necesitan los más próximos a nosotros, pero afanarse no lo es. La actitud de Jesús hacia María más que de regaño es una invitación a que se centre, a que recupere lo esencial: la escucha del maestro. Le invita a escoger la mejor parte, y única. También nosotros, los cristianos, los religiosos y religiosas, los sacerdotes podemos caer en el activismo, en la misma trampa que Marta; podemos querer servir al Señor y no escucharlo; podemos pensar que nuestro trabajo es lo mejor y juzgar a los demás, porque no actúan como nosotros. Podemos estar tan ocupados en hacer tantas cosas que nos olvidemos de lo más importante. De Marta aprendemos que la vida de fe no consiste sólo en servir, necesitamos también pasar tiempos con Cristo. Nuestro servicio debe brotar de un corazón rebosante de pasar tiempo con Jesús. Estamos llamados a dar (samaritano), pero antes debemos recibir para poder dar. Tanto nosotros como la comunidad crece si escuchamos y ponemos en práctica la Palabra de Dios.

María nos enseña la actitud del verdadero discípulo: sentarnos a los pies de Jesús para escuchar su palabra. María se sentó para escuchar, dio preferencia a lo que realmente merecía la pena: oír la palabra de vida eterna. María tuvo en sus manos el escoger entre ser partícipe de la preocupación de Marta o sentarse a los pies de Cristo y aprender del maestro. Con esta actitud nos habla de la importancia que da a Jesús. No hace nada, simplemente mira y escucha al Señor. El verdadero discípulo primero escucha a Jesús. La fuente del discipulado está en escuchar a Jesús; de esta escucha debe nacer todo lo demás. La marca de identidad del verdadero discípulo está en la escucha a Jesús, sin menospreciar la labor de Marta que también es necesaria. Invitándonos siempre al equilibrio entre la escucha de la Palabra, que se debe palpar en una acción de servicio. La mayor prioridad en nuestras vidas debe ser escoger la parte buena, como lo hizo María: aprender de Jesús para que podamos llegar a ser como Él. Si no hacemos esto, ¿cómo podemos seguirlo? Esta es la advertencia y el mensaje del texto, válido para toda persona, pues en la medida en que se deje iluminar por la luz de la palabra (Lc 8,16), podrá también ser ella luz del mundo (Mt 5,14). y dar testimonio de la acción de Dios en subida.

El texto se presta para que nos hagamos muchas preguntas sobre nuestra relación con el Señor. ¿Seguimos caminando con el Señor como discípulos de Jesús? Si Jesús entrara en nuestra casa, en mi casa, ¿qué postura tomaríamos, la de Marta o la de María? ¿Cómo es posible que tanta gente que se llama cristiana, no valore la Palabra de Dios y no le importe llegar tarde a la misa?

Héctor González Martínez

Arzobispo Emérito de Durango

El amor ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo

 

La Fiesta de la Santísima Trinidad que celebramos hoy no sería necesaria, puesto que en toda oración comunitaria y en toda Fiesta litúrgica nos dirigimos y celebramos al Dios Uno y Trino: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Pero no resulta superfluo que este Domingo, acabadas las Fiestas pascuales, en las que la Santísima Trinidad ha tenido un protagonismo diferenciado, se lo dediquemos a las tres Divinas personas glorificándolas conjuntamente, ya que ellas son las protagonistas de nuestro existir, de nuestra redención y nuestra santificación.

Las lecturas litúrgicas que acabamos de hacer nos han presentado un retrato vivo del Dios Uno y Trino, no a partir de definiciones filosófico-teológicas sino de sus situaciones tal como se nos describen en la Biblia. Las tres lecturas nos revelan esas tres dimensiones que acabamos de apuntar; en efecto, en el libro de los Proverbios se nos habla de la creación, obra del Padre, en la segunda lectura san Pablo entona un canto de alabanza a Dios, nombrando a las tres divinas Personas, por obra de Cristo estamos reconciliados con el Padre y el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado (Rom 5, 5). Aún más, en el evangelio Jesús prometió a sus discípulos enviarles el Espíritu Santo; y lo hace con unas afirmaciones que destacan expresivamente la unión y el protagonismo de las tres divinas Personas. Baste sólo esta: Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho que el Espíritu Santo tomará de lo mío y os lo anunciará (Jn 16, 15).

Nuestra fe trinitaria tiene su asiento en varias epifanías en las que se nos muestran las tres Personas; la más visible y elocuente de todas es la que acontece en el Bautismo de Jesús se oye la voz del Padre y se hace visible el Espíritu Santo en forma de paloma; en Pentecostés lo hace en forma de lenguas de fuego. Cristo, además, fue enseñando quién es el Padre, lo que es Él mismo y el Espíritu. Son tres personas que viven en intimidad y realizan una obra de amor entre sí y para con el mundo: nosotros somos el objeto de ese amor. El Padre nos ama, el Hijo nos ama y también nos ama el Espíritu Santo. Y a cuantos les responden con su amor, las tres divinas Personas vienen y hacen en ellos su propia morada. Es decir, nos transformamos en templos de la Santísima Trinidad.

De lo que sí hemos de ser conscientes es que ni hoy, ni nunca podremos comprender el “misterio de la Santísima Trinidad”. San Agustín escribió toda una obra no para comprenderlo racionalmente, sino para aceptarlo en la fe, fiados en la revelación que había hecho el propio Jesús. Una anécdota reflejada en cuadros famosos presenta al Santo paseando en la playa y un niño a sus pies con una cocha en sus manos. ¿Qué haces ahí solito en la playa? –le preguntó–; es hora de irte para casa. –Estoy intentando meter todo el Mediterráneo en este hoyo que he hecho –le respondió él–. –Pero eso es imposible. – Más imposible es que tú llegues a entender el misterio sobre el que estás escribiendo le dijo –el niño–. La verdad es que sólo porque nos lo ha revelado el mismo Dios es por lo que podemos creerlo.

Pero es que hay más: y es que podemos afirmar gozosamente que nuestra vida cristiana está marcada y orientada por la presencia y el amor de ese Dios Uno y Trino. Tomemos conciencia de todo ello, recordando algunos momentos en que se expresan o expresamos sus nombres:

1   Ya en el Bautismo fuimos signados y bautizados “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” y, por ese Sacramento, quedamos envueltos en su amor;

2   la celebración de la Eucaristía la iniciamos santiguándonos en “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” y, al final el celebrante nos bendice y despide en el nombre de las tres divinas Personas;

3   en la misa dominical rezamos el Gloria y el Credo, centrados en la actuación de la Santísima Trinidad, y el sacerdote reza las oraciones, dirigiéndolas “al Padre por medio de Jesucristo, en el Espíritu Santo”;

4   al final de la Plegaria Eucarística, antes del Padrenuestro, el sacerdote proclama cuál es la dirección de nuestra alabanza: “por Cristo con Él y en Él, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria…”;

¿Y cuántas veces, durante nuestra vida, al hacer la señal de la cruz, hemos repetido el nombre de las tres divinas Personas? ¿Y cuántas otras no hemos dicho “Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo, como era…, y como resumen de nuestras mejores actitudes de fe?

Héctor González Martínez

Arzobispo Emérito de Durango

Señor, déjala todavía este año y mientras tanto yo cavaré alrededor

Seguramente la palabra «conversión» es la más repetida en la liturgia de la Iglesia durante el tiempo de Cuaresma, es decir, los cuarenta días que nos sirven de preparación para la gran fiesta de la Pascua. En la Pascua o fiesta de la resurrección del Señor, los cristianos celebramos el paso de Jesús de este mundo al Padre, que es como decir de la finitud de la creación –de la que el Hijo de Dios se hizo partícipe–, al seno de la misma Trinidad. En este paso de Cristo, no sólo la humanidad de Jesús, sino todos los seres humanos y, con ellos, todo el universo –que se concentra en el hombre- tiene acceso a Dios.

Ahora bien, Dios es santo y nada impuro puede coexistir y convivir con Él. Por eso fue necesaria la redención del género humano llevada a cabo por Cristo, el cual, siendo inocente, ofreció su vida, como ofrenda de amor, por nosotros, pecadores. De forma misteriosa, participamos en la muerte de Cristo y en su resurrección por las aguas del Bautismo vivificadas por el Espíritu de Dios, que hace de nosotros criaturas nuevas, hijos de Dios.

La Pascua de Jesús es la realización plena del proyecto divino de salvación para el género humano, o plan para compartir con el hombre su gloria divina. De esta Pascua es figura la Pascua del pueblo hebreo, por la que pasó de la esclavitud de Egipto a la condición de pueblo soberano y libre, convocado por la llamada divina, comprometido en alianza con Dios, bajo la guía de su Ley sabia: en el Sinaí, la alianza culminará la liberación. Para ello, Dios se sirvió de la mediación de Moisés, un simple pastor de ovejas, poco dotado de oratoria para persuadir al Faraón, pero que contaba con la asistencia del Señor, el Dios de los padres, el que es capaz de salvar: será Él mismo el que lleve a cabo la empresa, pues es superior a todos los dioses de Egipto y a los ejércitos del Faraón. Dios desplegó todo su poder en favor de su pueblo, en las plagas, que doblegaron la resistencia del soberano de Egipto; abriendo un paso a su pueblo sobre tierra seca por en medio del mar Rojo; proporcionándole agua para beber en el desierto y el maná con que alimentarse, y realizando otros muchos prodigios en su favor a lo largo de cuarenta años de travesía por el desierto.

No obstante que todos los que salieron de Egipto contemplaron los prodigios realizados por Dios y se comprometieron a ser su pueblo fiel por medio de una alianza en el Sinaí, sin embargo fueron inconstantes y, a las primeras de cambio, le dieron la espalda, poniendo su confianza en dioses manipulables –como el becerro fundido con las alhajas con que los obsequiaron los egipcios– que los proveían de viandas suculentas, aunque ello fuera a costa de pagar el tributo de la esclavitud. Siendo que todo lo que les sucedió a los israelitas concernía a realidades tan apreciables como la libertad y la vida temporal, sin embargo es considerado por el Apóstol como figura de la verdadera realidad que se nos pone delante a nosotros y que es el mismo Cristo en persona, que se nos brinda como don. Lo que les sucedió a los padres fue una mera figura porque se refería a realidades de este mundo; pero a nosotros nos ha tocado vivir en la última de las edades, la de la intervención definitiva de Dios en la historia del mundo: pues si el Dios que se revela a Moisés es «Yavé», «el Dios de los padres», «Yo soy», «el que es», «el Señor», «capaz de salvar»; el Dios que se nos ha revelado en Jesucristo es «el Emmanuel», el Dios-con-nosotros; es Jesús o «Yavé salva». Pero, para poder ser salvados por Dios hemos de convertirnos a Él de corazón, poniendo en Él nuestra confianza. “El encuentro con Dios es un riesgo y un acontecimiento salvador, que llama a una vida nueva” (Comentario al A. T., Ed. La Casa de la Biblia, 124).

De la necesidad de la conversión es precisamente de lo que habla Jesús a los judíos en el pasaje del evangelio que se nos ha proclamado. Cuando Jesús se estaba dirigiendo a sus oyentes israelitas, tomando pie de la noticia que le comunican del
asesinato de los galileos degollados por Pilato mientras ofrecían el sacrificio pascual en el templo –hecho al que el propio Jesús añade el caso conocido por sus oyentes del aplastamiento de dieciocho personas por el derrumbe de la torre de Siloé– les dice que la muerte violenta de aquellas personas no se debe a un castigo divino por sus pecados, sino a la crueldad de un gobernante sin escrúpulos o a un simple accidente arquitectónico. En cambio, si ellos –sus oyentes, que son pecadores– no se convierten de sus pecados, seguirán la misma suerte, es decir, morirán (no físicamente) con una muerte peor. (Todos entendemos que la muerte a la que se refiere Jesús es la muerte eterna, que es la consolidación definitiva de la situación en que el pecador se ha ido afianzando por una vida de pecado.)

Esta advertencia la corrobora Jesús con la parábola de la higuera, que el agricultor había plantado en el buen terreno de su viña. A pesar de los cuidados recibidos, la higuera no acababa de dar el fruto apetecido de los higos, por lo que el dueño consideró que era más práctico cortarla. No obstante, el empleado solicita una prolongación del plazo durante el cual esmeraría los cuidados. El agricultor –que representa a Dios–, echando mano de su paciencia, accede a retrasar la tala de la higuera, pero mantiene el propósito de cortarla si persiste su esterilidad: es paciente, pero no transige con el pecado. El pecado es optar por uno mismo en lugar de Dios. Es un camino que aleja de Dios y conduce a la muerte. La palabra de Dios nos exhorta a la conversión, a dar un giro radical a nuestra vida: es una invitación, un requerimiento, una propuesta, una exigencia a volvernos al Señor, a retornar a Él, abandonando el pecado y adhiriéndonos a Dios. La adhesión a Dios nos asemeja a nuestro Señor, es camino de vida, de santidad y de libertad. Vivimos en un tiempo de gracia, periodo de la paciencia de Dios, de la misericordia de Dios, de la salvación, si bien hemos de guardarnos de la tentación, que pretende apartarnos del camino de la vida. Nosotros solos no podemos, pero Dios puede librarnos, contamos con su poder. Al revelarnos su nombre, se nos entrega, se compromete, a la vez que nos invita a confiar en Él (Comentario al A. T., 124-127).

La llamada es apremiante, pues cada paso, cada decisión nos posiciona con respecto a Dios, por lo que adquiere una gran trascendencia. Lo que está en juego es nuestro ser o no ser, nuestra dicha o nuestra desgracia. Lo que les sucedió a los galileos sacrificados por Pilato o a los que murieron aplastados por la torre de Siloé no fue nada comparado con la suerte de los pecadores.

Actuemos con sagacidad aprovechando el tiempo de gracia; vivamos la Cuaresma como ocasión de conversión a Dios; sigamos a Cristo llevando nuestra cruz, pues tenemos su promesa: Donde esté Yo, allí también estará mi servidor (Jn 12,26).

Héctor González Martínez
Arzobispo Emérito de Durango

«Haced lo que Él os diga» (Jn 2,5)

Estamos en los inicios del año litúrgico (segundo domingo del tiempo ordinario), después de las gozosas celebraciones del tiempo de Navidad. La palabra de Dios de este domingo enlaza con otros dos acontecimientos conmemorados en los días pasados: la Epifanía del Señor a los Reyes Magos, como representantes del pueblo gentil, y el bautismo de Jesús, en el que el Espíritu Santo y el Padre lo proclaman el Hijo de Dios, en quien el Padre se complace. Hoy la Iglesia considera la presencia de Jesús en las bodas de Caná, en las que realiza el primer signo de su mesianidad convirtiendo el agua en vino. Los tres acontecimientos componen un tríptico de manifestación de Jesús como el enviado de Dios para la salvación del mundo.

Caná era un pueblo próximo a Nazaret, en donde vivían Jesús y María; José no aparece en la escena, lo que nos hace pensar que ya había muerto. María y Jesús son invitados a la boda, seguramente de unos familiares o amigos de la familia. No sería la primera boda a la que acudía Jesús, si bien esta boda iba a ser especial. Jesús asiste con sus discípulos. Hasta el momento, el evangelista Juan sólo ha dado cuenta de cinco discípulos que se habían unido a Jesús: Andrés y el propio Juan, Simón Pedro –hermano de Andrés–, Felipe y Natanael (o Bartolomé), aunque eso no excluye que Jesús compareciera en la boda con el grupo de los Doce. Jesús había comenzado a predicar, pero aún no había realizado ningún milagro. Precisamente con ocasión de una circunstancia imprevista –no ciertamente en el ejercicio de su ministerio- y con una intervención decisiva de María, iba a realizar el primero de sus milagros, que Juan siempre designa como señales de su mesianidad.

La celebración de la boda de una muchacha soltera se prolongaba durante siete días, en los cuales corría el vino de la alegría, en una tierra de vinos generosos. Jesús quiso compartir el gozo humano que representa el matrimonio, riqueza de la humana sociedad. Por más que Él permaneciera célibe, no por ello dejaba de valorar y bendecir la admirable obra divina del matrimonio, esto es, el compromiso de vida de un hombre y una mujer que brindan su amor, su expectación y su bienvenida a un nuevo miembro de la familia humana.

Parece ser que Jesús, su madre y sus discípulos se unieron a los festejos ya en marcha, tal vez hacia el final de la semana de fiesta. Inesperadamente, se acabó el vino, lo cual representaba un bochorno para la familia. Afortunadamente para ellos, se encontraban en la boda María y Jesús. María detectó el problema y encauzó la solución; por decisión de María, la solución quedaba en manos de Jesús: No tienen vino, le dice a su hijo. Posiblemente María esperaba que Jesús aplicaría alguna solución sorprendente con la que inauguraría su ministerio mesiánico, según se deduce de la reacción de Jesús, que se expresa en términos parecidos a éstos: «¿Por qué me importunas? Esto no es asunto mío. Además, aún no ha llegado mi hora», es decir, el momento señalado por el Padre para comenzar su actividad mesiánica, que incluía las señales o prodigios.

No obstante, María no se arredra por la respuesta elusiva de su hijo, sino que, confiada en la intervención de Jesús, da órdenes a los servidores con las palabras del faraón a los egipcios que le pedían pan; el faraón los envía a José: «Id a José y haced lo que él os diga» (Gén 41,55).

Ante la postura firme de María, Jesús rectifica, como lo hizo cuando la mujer cananea le insistió tanto que, vencido por la fuerza de la fe de la mujer, atendió su súplica y curó a su hija, a pesar de que el Padre sólo lo había enviado a Israel (Mt 15,21-28). En la boda de Caná, “la madre de Jesús apresuró, con sus súplicas, la hora de la revelación de su gloria” (Wikenhauser, Herder, 116), es decir, de la manifestación de su poder y naturaleza divina.

El hecho de que san Juan incluya en el evangelio el relato de la conversión del agua en vino en las bodas de Caná es debido a que la considera una señal de una realidad superior y misteriosa: de que Jesús es el Mesías, fe en la que sus discípulos se sintieron confirmados por el milagro. En otros lugares del cuarto evangelio, a acciones simbólicas de Jesús sigue la explicación de su significado: así la multiplicación de los panes y el discurso del pan de vida; la curación del ciego de nacimiento y la proclamación de Jesús como luz del mundo; la resurrección de Lázaro y la confesión de Jesús como resurrección y vida de los hombres. Otras veces no explicita el significado de la acción llevada a cabo por Jesús.

En el caso de la conversión del agua en vino en Caná, es claro el significado misterioso del hecho, aunque los estudiosos no coincidan unánimemente en su interpretación. El sentido más evidente es que Jesús inicia su manifestación al mundo como enviado de Dios realizando un milagro cuya principal finalidad era la de contribuir a la celebración gozosa de una boda, lo que habla de la alta valoración en que Dios mismo tiene al matrimonio.

Héctor González Martínez

Arzobispo Emérito de Durango

Caminarán los pueblos a tu luz

La palabra griega “Epifanía”, título que lleva la Fiesta de hoy, significa manifestación. Entre las muchas manifestaciones que Dios ha llevado a cabo desde la creación de hombre cobran especial protagonismo las dos que celebramos en este tiempo de Navidad: la noche del Nacimiento de Jesús y el día de su Epifanía. En la noche de Belén se manifestó a su pueblo escogido, Israel, a través de unos hombres sencillos y limpios de corazón que eran los pastores. En el día de la Epifanía se manifestó a todos los hombres en aquellos sabios que vinieron de tierras lejanas de Oriente a rendirle homenaje y adorarlo como Dios que era.

Siendo Navidad y Epifanía las dos máximas revelaciones de Dios a los hombres no debemos extrañarnos de ver el clima en que se viven: en ambas el anuncio se hace en clave de alegría: os anuncio una buena noticia que será de gran alegría (Lc 2, 10). Por su parte, los Magos al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría (Mt 2, 10). Ambos acontecimientos han quedado fijados en la historia con un cortejo de alegría, deliciosas tradiciones y leyendas que hacen la delicia de todos, a comenzar por los niños que esperan ilusionados los regalos del Niño Jesús, traídos por los Reyes Magos, sus mensajeros celestiales. Sentimientos de gozo y alegría, de los que también participamos los mayores.

Hay, además, un motivo histórico-litúrgico en estas dos manifestaciones de Jesús: la luz que envuelven ambas escenas: en Navidad se manifiesta entre esplendores (la gloria del Señor los envolvió de claridad Lc 2, 9); a los Magos por una estrella. Y es que en el lenguaje bíblico la luz es sinónimo de la gracia que es amor de amistad por parte de Dios; por el contrario las tinieblas son sinónimo de pecado. El Hijo de Dios encarnado venía a darnos la gracia y destruir el pecado y, por eso, tenía que hacerlo irradiando luz.

Sin embargo, ¡fueron tantos los que no quisieron ser iluminados por aquella luz! Y ¡son tantos los que hoy continúan rechazándola! Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron, dice el evangelista (Jn 1, 11). Al temor del rey Herodes, pensando que podía perder el trono, se unió el miedo de “Jerusalén entera”. Y es que los principales representantes de la ciudad -los sumos sacerdotes y letrados- confortablemente instalados, veían sus privilegios amenazados por el nacimiento de un jefe que será pastor de mi pueblo, Israel (Miq 5,1). El profeta lo había anunciado y ellos lo confirmaron, muy a su pesar: Belén era la ciudad donde debía nacer. La verdad es que nos extraña la indiferencia que mostraron. Debieron de confiar en la actitud de Herodes, dispuesto a eliminar a los niños de Belén y cercanías.

Ante esta actitud de los intérpretes, el evangelista no indica que se produjera ninguna reacción: ellos sabían, informaban, servían al poder, para que nada cambiase en sus vidas. Los evangelistas nos explicarán en sus escritos la razón de esta indiferencia: lo único que les importaba era su propia situación económica y de poder. Contrasta la actuación de los Magos con la de estos letrados intelectuales: primero había sido el arrojo y la osadía que da la fe cuando iba acompañada de la esperanza y movida por la caridad que, en este caso, equivalía al deseo ardiente de ver a Dios. Por eso, llegaron felizmente a término, encontrando a Cristo como exitoso remate de su aventura: la fe en el Dios que buscaban.

Viniendo a nuestros días y considerando estas actitudes que adoptaron los personajes del relato evangélico, se ofrecen a nuestra consideración estas tres cosas, un tanto olvidadas por muchos:

1   Que los que se dicen poseer el sentido de lo real y “pisar tierra”, con harta frecuencia, carecen del sentido de las realidades de Dios.

2   Que todos los que buscan a Dios con la sinceridad de su corazón terminan ciertamente por hallarlo.

3 Que quien sigue a Dios confiadamente nunca se equivoca. La alegría final del hallazgo de Dios compensó con creces las penalidades del camino y las ausencias desconcertantes de la estrella.

Por otra parte, la Solemnidad de hoy nos recuerda que hemos de ser ecuménicos, es decir, universales, como lo es Dios en su plan de salvación. Ahora que se da también entre nosotros una mezcla de culturas y razas, por la creciente inmigración de otros pueblos, tal vez la lección más apremiante de la Epifanía es que aprendamos de Dios a ser más abiertos de mente y corazón: Él quiere la salvación de todos los pueblos y razas, porque es el Padre de todos, y nos enseña a actuar también así a nosotros: con espíritu misionero, pero con corazón tolerante y solidario, comprensivos para todas las opiniones y culturas religiosas. Como Cristo que, a lo largo del evangelio, se nos muestro mejor maestro y modelo de acogida a todos.

Héctor González Martínez

Arzobispo Emérito de Durango

Navidad llama a la puerta

La liturgia cede el paso al gozo y la alegría. Las lecturas, desmontando una vez más nuestras estructuras y nuestros valores, nos hablan de lo que verdaderamente es importante para Dios: lo débil, lo que no cuenta, lo insignificante. Dios se fija en un pueblo humilde, Belén de Efratá. En Belén nacerá el Mesías, el único rey que puede salvar a su pueblo. También nos hablan de María, su madre, que al enterarse de que su prima Isabel en su ancianidad está embarazada, se pone en camino, a toda prisa, porque entiende que la necesita. Dos mujeres, María e Isabel, devaluadas en aquella sociedad y Dios las convierte en protagonistas; dos niños que aún no han nacido y ya llaman la atención del evangelista. La visita de María a Isabel es la primera acción que nos narra el evangelista Lucas tras la Anunciación, tras su hágase. María lleva en sus entrañas al Hijo de Dios y el primer gesto es servir a los demás, servir a aquellos que más la necesitan. En el breve pasaje del día de hoy podemos constatar que la grandeza de María está en servir a los demás. No espera que otros la sirvan o la manden, pese a que lleva en sus entrañas al Hijo de Dios.

Cuando María saluda a Isabel, salta de gozo el hijo que lleva en sus entrañas. Esta es la lectura de fe que hace Isabel, y llena del Espíritu Santo, bendice a María, la llama bendita, porque ha tenido la valentía de aceptar los planes del Señor sobre ella. María e Isabel son mujeres llenas del Espíritu Santo, las dos muestran su fe. Isabel reconoce en su prima María que Dios la ha visitado, la llama Bendita entre todas las mujeres (1,42) y reconoce que lo que lleva en sus entrañas también es de Dios: bendito el fruto de tu vientre (2,42). Por medio de María, Dios visita a Isabel llevando en su seno al Hijo de Dios y en ella visita a su pueblo y a nosotros.

La Palabra de Dios es palabra creadora, engendró vida en el seno de María, –en una persona humilde–, que fue capaz de acogerla con fe: Bienaventurada la que ha creído, porque lo que la ha dicho el Señor se cumplirá (1,45) y es lo que nos recuerda también a nosotros S. Lucas. La Palabra de Dios también tiene fuerza creadora en nosotros para realizar todo aquello que nos dice. La actitud que nos pide no es encerrarnos, sino salir de nuestras casas, estar atentos a las necesidades de los hermanos y tratar de ayudarlos en lo que esté de nuestra parte, reconocer la presencia de Dios en el otro, en el que está frente a mí o en una necesidad.

Acaso no fuera difícil reconocer la presencia de Dios en María, porque transpiraría su presencia por todos sus poros. Sin embargo, Dios está en todo hombre y está en nosotros mismos. Nuestro cuerpo es sagrario, es el pesebre donde Dios vive, y por la fe nos pide que vayamos presurosos a servir a todo el que nos necesite, que compartamos nuestra experiencia de fe con los demás. Sólo desde la fe podemos acceder a Dios y aceptar su mensaje, y sólo desde la fe es posible aceptar las consecuencias que el nacimiento de Dios debe tener en nuestra vida. Sólo desde la fe podremos aceptar que, si Dios es un Dios cercano, nosotros tenemos que ser cercanos a los que viven junto a nosotros. Si Dios es un Dios sencillo y humilde, nosotros debemos ser sencillos y humildes. Si Dios es Dios misericordioso, nosotros también debemos ser misericordioso con los que nos rodean. También a nosotros creyentes se nos llamará dichosos por haber creído, por la confianza, por el servicio. Por nuestra fe nos convertimos en discípulos. Ser discípulo implica servir, ponerse a disposición de la Palabra. María es llamada bienaventurada por ser creyente. La fe la da la Palabra y la movilidad.

Imitemos a María, la Madre de Jesús, que hoy se nos presenta como la portadora de Jesús, la que lleva a su prima lo mejor que tiene, al Hijo de Dios. Celebrar la Eucaristía nos exige vivir como María, llevar a Cristo a lo hermanos y servir especialmente a los más necesitados.

Héctor González Martínez

Arzobispo Emérito de Durango