3333550107_dd87082e26_qDe la Villa de S. Miguel de Culiacán, salieron los Padres el 12 de julio y al día siguiente entre Tecorito y Capirato llegaron a unas minas e ingenio de sacar plata, propiedad del capitán Gaspar Osorio, devoto de la Compañía a quién los Padres le echaron de ver semblante triste y preguntándole la causa, lloroso les entregó una carta de Sinaloa, refiriendo el martirio del P. Gonzalo de Tapia por motivo del ministerio, pues reprehendiendo los vicios y la libertad de costumbres, habiéndose rebelado los indígenas y apostatado los cristianos, pusieron las manos sobre su persona y sobre las imágenes, quemaron los templos y huyeron al monte: consumó felizmente el varón de Dios, su peregrinación y ministerio, laureado en su propia sangre del martirio.

          Guardando unos días en oración, penitencia, lágrimas y Eucaristía, los Padres recibieron aviso que no eran tantos los peligros en los caminos, exceptuando los ríos crecidos, prosiguieron su viaje sin escolta y llegaron a los pueblos de Sebastián de Ébora (hoy congregados en el Mocorito), donde los fieles salieron a recibir a los Padres con cruz alta y procesión, cantando la doctrina cristiana y otras muestras de regocijo. Llegaron a la Villa de S. Felipe y Santiago de Sinaloa, regocijándose con la salud de unos y otros y yendo luego a visitar el sepulcro del mártir P. Tapia, encomendándose a su intercesión.

          La amorosa y paternal Providencia, de los males saca bienes y aún los permite para remediar con milagrosas ventajas. Pues permitió que los indígenas martirizaran en Sinaloa al P. Tapia, que era columna de la fe y lumbrera de aquella Iglesia; pero al mismo tiempo quiso Dios sustituirlo con el P. Hernando, para que corrieran iguales en las virtudes, en el celo por las almas y la milagrosa actividad por el deseo que en medio de la idolatría amaneciera la luz del Evangelio a los ciegos y olvidados gentiles. Porque si primero el P. Tapia comenzó la cementera del Evangelio en Sinaloa, ahí siguió el P. Hernando, abrazando en el fuego de la caridad; y de lo que el P. Tapia sembró, después el P. Hernando recogió mayores y más sazonados frutos, e introdujo el Evangelio con creces y ventajas en otras nuevas naciones de la sierra.

           Empujado por el celo de las almas, sin atender a temores y dificultades, pronto salió el P. Santarén, acompañado por el P. Juan Bautista de Velasco, misionero muy experimentado en el ministerio de la conversión, a misionar y evangelizar en los pueblos de Sebastián de Ébora, Bacoburito y otras rancherías, que siendo los más tranquilos, también se habían retirado a los montes y algunos andaban alborotados.

          Comenzó por una vida austera  y penitente, además de sus prácticas ordinarias, continuos ayunos, fervorosas oraciones, con un corazón desapegado, aplicándose ente todo en aprender la lengua del lugar; porque era tan grande la variedad de lenguas en esta tierra, que parecía a los misioneros, que ello fue treta del demonio, príncipe de la confusión, para dificultar el remedio de muchas gentes. Pero, el P. Hernando no se frenó en esta trampa, pues en las partes donde se requería aprender nuevas lenguas, aunque le faltara intérprete, con constancia y fortaleza,  con su buen discurso y esfuerzo, y con la ayuda de Dios, pronto predicaba docta y propiamente como si le fueran naturales. Trabajó mucho por atraer a los bautizados que por el alboroto pasado, andaban huyendo por los montes como fieras, temerosos del castigo. Y los que estaban más quietos, eran tan bárbaros, que los indígenas de Tovorapa, Saboria y otros, convertidos por el P. Tapia, querían vengar la muerte del Padre, matando también a los demás. No reparando en ese riesgo, el P. Santarén, recorría los montes, buscando a los fugitivos con toda clase de trabajos y sacrificios: hambre, cansancio, rigor del sol, evidentes riesgos de la vida, por quitarles el temor y reducirlos a sus poblaciones para cristianizarlos. Dios premió sus sacrificios, pues, serenó los ánimos inquietos y bautizó a muchos, de modo que volvió a florecer aquella Cristiandad.

Héctor González Martínez; Obispo Emérito