El Espíritu del Señor esta sobre mi porque me ha ungido

Un domingo más nos reunimos para celebrar la Eucaristía, la cual supone la fe en todos nosotros, aunque nos puede acechar la incredulidad, y prueba de ello es la facilidad con la que muchos cristianos prescinden de ella, porque la ven más como un precepto que como una necesidad, desconocen que no se puede vivir cristianamente sin la Eucaristía.
La Palabra de Dios insiste hoy en la dificultad de creer y las dificultades por las que tiene que pasar el mensajero del Evangelio. En la primera lectura hemos encontrado al profeta Ezequiel, enviado por Dios al pueblo de Israel, un pueblo tozudo y rebelde, que no hace caso a Dios. S. Pablo en la segunda lectura nos habla de los insultos, las dificultades y las persecuciones sufridas por Cristo (v.12) por predicar el Evangelio. Si leemos de corrida el evangelio de Marcos, vemos cómo la familia de Jesús piensa que estaba fuera de sí (3,21), los gerasanos le piden que se marche de su tierra (5,17), los fariseos creen que Jesús expulsaba los demonios con el poder del jefe de los demonios (Mc 3,23); cuando anuncia la pasión, los mismos apóstoles reaccionan en contra. Pedro trata de disuadirlo (Mc 8,32); en los anuncios posteriores, su única preocupación era averiguar quién era el más importante entre ellos (Cfr. Mc 9, 34), o que les colocara a su derecha y a su izquierda en la gloria, como le pedían los hermanos Zebedeos (Cfr. Mc 10, 37). No es de extrañar, pues, que los vecinos de Nazaret, que han vivido con Jesús unos treinta años, cuando vuelve a Nazaret tras ser bautizado por Juan, se sorprendan y se admiran de sus enseñanzas, pero no aciertan a encajar sus recuerdos sobre Jesús con lo que están viendo y oyendo. La imagen que se han formado de él, les impide abrirse a la vida que Jesús les ofrece. No aceptan el misterio de Dios presente en Jesús, un ser humano como ellos; pudieron más los prejuicios que la verdad. El evangelista nos descubre la tristeza de Jesús, al ver cómo la gente de su pueblo ha perdido la capacidad de acoger la verdad y se ha acomodado a una realidad tergiversada. No pudo hacer allí ningún milagro, sólo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se admiraba de su falta de fe (v.5).
En el trasfondo del evangelio de Marcos subyace una pregunta fundamental: ¿y vosotros cristianos, creéis, creemos que tenemos más fe que todos los que van desfilando por su evangelio, en concreto más fe que los paisanos de Jesús?… Son muchos los cristianos que tienen una idea fija, infantil, sobre Dios, sobre Jesús, poco o nada acorde con el Evangelio. Si reducimos a Jesús a los límites de nuestra comprensión, no podrá, –como no pudo en Nazaret–, hacer ningún milagro en nuestra vida. Si no aceptamos la novedad transformadora del Evangelio, si nos aferramos a lo de siempre, pensando en nuestra seguridad, sin asumir los cambios a los que el Señor nos llama, no tendremos fe. Dios siempre supera nuestra comprensión, nos desborda por completo. Tener fe supone vivir en un encuentro progresivo y transformante con Jesús, supone aceptar que el Señor nos desinstale. Como dicen los místicos, Dios nos lleva por la oscuridad, el vacío y el desprendimiento total para que vivamos y actuemos al estilo de Jesús. Creer en Jesús supone desmontar el ídolo que sobre él nos hemos podido fabricar, y aceptarle y verle no donde nosotros queremos, sino donde él nos ha dicho que realmente está: en el hermano, en los pobres, en los enfermos, en los que sufren, en los perseguidos, etc. (Mt 25,35-36), solamente así podrá hacer milagros en nuestra vida.
Sigamos la eucaristía y pidamos con fe y con fuerza al Señor que no ofrezcamos resistencias para aceptarle, que le amemos y seamos sus testigos, como lo fueron el profeta Ezequiel y el apóstol Pablo, porque no podemos llamaros cristianos y quedarnos pasmados sin hacer nada. Todos tenemos que responder, respuesta que es parte de nuestra profesión de fe comunitaria, que se alimenta y se fortalece en la Eucaristía.
Héctor González Martínez
Arzobispo Emérito de Durango