Homilía Domingo XX ordinario

El banquete de vida

             Como en domingos pasados, otra vez volvemos a escuchar a Jesús en el Evangelio de S. Juan: “yo soy el pan vivo, bajado del cielo, Quien come de este pan, vivirá eternamente, pues el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”.

Una vez aceptado que Jesús es una persona, esto es carne que se da como alimento por la vida del mundo, estamos dispuestos a entender aquel hablar duro que los judíos y muchos discípulos no querían entender: quien quiere tener vida, tiene la necesidad absoluta de comerlo y beberlo. Las palabras carne y sangre significan toda la persona en su debilidad y pasibilidad y sirven para entender que este comer y beber significa unirse por medio del signo sacramental a la pasión y muerte de Jesús; significa entrar en el misterio de Cristo para recibir y donar la vida.

Ya sabemos que en todas las civilizaciones tradicionales, la comida es una realidad de alcance religioso. La mayor parte de las religiones conocen banquetes sagrados. Compartir la misma mesa, comer juntos crea entre los comensales vínculos sagrados a los cuales se asocian los dioses.

Pero, entre el pueblo de Israel el banquete sagrado tiene un significado particular: es la celebración-memoria-recuerdo de un acontecimiento histórico. Renueva la alianza convertida en memorial de las maravillas realizadas por Dios por su pueblo. Cada años, la cena pascual recuerda el Éxodo, evento liberador por excelencia que actualiza la esperanza de la salvación en memoria o recuerdo de las maravillas de un tiempo.

Los profetas ayudarán al pueblo a darse cuenta que “celebrar la Pascua” no se identifica automáticamente con la participación material al banquete, aunque se cumpla con el rito prescrito, sino que es necesaria la conversión del corazón, o sea la renovación de la propia fidelidad a la alianza de Dios. Jesús instaurando una nueva y eterna alianza, va preparando su nueva comida, anunciando un nuevo pan: “yo soy el pan vivo, bajado del cielo”.

 

Frente al estupor y a la incredulidad de sus oyentes, afirma la necesidad absoluta de comer su cuerpo y de beber su sangre para tener vida. De este modo, la Eucaristía preanunciada por Jesús, en el discurso sobre el pan de vida, realizada en la última Cena es actualizada y actualizada en la Mesa por voluntad de Jesús, resulta hoy para cada Comunidad cristiana la fuente de una nuevo modo de vivir en la caridad, en la colaboración y en el servicio;  una prenda de esperanza, pan de vida eterna y de inmortalidad.

Nuestros cuerpos nutridos de la Eucaristía no son corruptibles, porque llevan en sí mismos la esperanza de la eterna resurrección” (S. Ireneo).

En esta perspectiva, la muerte no es eliminada, sino superada: Yo lo resucitaré en el último día”; esta frase de S. Juan, es una de las lecturas típicas de la Misa de difuntos. La asimilación a Cristo, por medio de la fe y de los sacramentos, exige nuestra participación al misterio de su muerte que genera la plenitud de la vida.

En la comida se expresa mejor la acogida, la comunicación, la hospitalidad. Precisamente, en un banquete, Jesús comunicó a los pecadores el perdón, reveló a los pobres el pan que viene del cielo, se confió con humana intimidad a sus discípulos y donó su misma vida. No se trata solamente del hecho material de comer, sino de un encuentro de personas, como un rito. Más aún, el encuentro eucarístico es puesto bajo el signo de la ley de la caridad y del servicio reciproco, del encuentro comunitario. El primer fruto de la Eucaristía consiste en el establecerse de una comunidad en los lazos de fraternidad universal.

 

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