Domingo III de Pascua; 14 de abril del 2013

            La Eucaristía

            El mismo primer día de la semana, dos discípulos se retiraron de Jerusalén, e iban de camino hacia Emaús, aldea distante siete millas de Jerusalén; iban conversando sobre lo sucedido. Jesús,  se les acercó pero ellos no lo reconocieron, pues sus ojos eran incapaces de reconocerlo. Jesús les preguntó ¿de que hablaban por el camino? Le respondieron: ¿sólo tú eres forastero en Jerusalén, que no sabes lo que ha sucedido en estos días? Les preguntó ¿qué cosa?; le respondieron todo lo que se refiere a Jesús de Nazaret. Él les respondió: necios y tardos de corazón para creer a las palabras de los profetas; ¿no era necesario que Cristo soportara estos sufrimientos para entrar en su gloria? Y comenzando desde Moisés y los profetas, les explicó las Escrituras que se referían a Él. Llegando a la aldea de Emaús, Él, hizo cómo que iba más lejos; ellos le insistieron: quédate con nosotros, porque se hace tarde y oscurece. Él entró y se quedó con ellos: cuando se sentaron a la mesa, tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se los dio. Al instante se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero Él se desapareció de su vista.

             En las pancartas que nosotros colgamos en muchos lugares, como propaganda para una Etapa de nuestra Misión, pusimos lo siguiente: “del encuentro con Jesucristo vivo en su Palabra, para ser y hacer discípulos y misioneros de nuestro tiempo”. Los cristianos profundizan el conocimiento de Cristo, recurriendo a las Escrituras; aunque,  la pedagogía catequética de S. Lucas al describir el encuentro de Cristo con los discípulos de  Emaús, tiene por objeto indicar a la comunidad cristiana el camino para                     

el real encuentro con Jesús: S. Lucas indica claramente dos momentos evidentes: escuchar las Escrituras y el partir juntos el Pan. El Concilio Vaticano II subraya bien estos dos aspectos estos dos modos de nutrirse del Pan de la Vida (DV 21).

            El gesto de partir el Pan era tan rico y denso de significado para las primeras generaciones de cristianos, que, por largo tiempo, la Eucaristía fue llamada “Fracción del Pan”; es el gesto que Jesús cumple hoy para nosotros, al invitarnos a reflexionar sobre la Eucaristía.

            En todas las religiones naturales, la comida sagrada es siempre considerada un rito para comunicarse con lo divino. Para los hebreos, el signo de la Alianza con Dios estaba constituido por la Cena Pascual: conmemorando la salida de Egipto, tenía como elemento esencial la inmolación y la consumación del cordero, cuya sangre se convertía en signo de liberación y de alianza: una liberación no sólo de la esclavitud, sino sobre todo del mal y del pecado: de todos los nuevos Egiptos, que puedan brotar en el fondo de nuestros corazones. Por ello, todo el que participara a la Cena Pascual sabía y creía que la intervención de liberación por parte de Dios se renovaba para él.

            El Señor Jesús se ha servido de elementos propios de un rito familiar a los discípulos, de un signo aparentemente banal: una comida común; y, cenando con ellos el banquete de la nueva y eterna Alianza. La gran novedad es: que, no hay más una víctima sustitutiva; el verdadero cordero es Jesús mismo que se da en alimento a los suyos. Con signos extremadamente sencillos bendice el pan, lo parte, lo distribuye diciendo: “tomen y coman, esto es mi Cuerpo”; luego ofrece el vino, diciendo “tomen y beban: este cáliz es la Nueva Alianza que Dios establece por medio de mi sangre”.

             Estos gestos, en su esencialidad e intensidad de significado, quedaron  impresos en la memoria y en el corazón de los presentes; los discípulos de Emaús, incapaces de reconocer al peregrino que se les acercó durante el camino, tienen como iluminación en el momento en que Jesús parte el Pan: sus ojos se abrieron y reconocieron a Jesús, el Señor Resucitado. Para entrar en el misterio de la Celebración Eucarística, hoy también el cristiano debe partir del signo de la comida común: partir el Pan en la Comunidad de los fieles, la Eucaristía dominical, ha de ser el lugar privilegiado de la presencia del Señor Resucitado.

Héctor González Martínez      

Arz. de Durango

 

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