LA CARIDAD EN LA VERDAD XX Subsidiariedad: principio adecuado para gobernar la globalización y orientarla hacia un verdadero desarrollo humano

La religión cristiana y las otras religiones podrán contribuir al desarrollo solamente si Dios tiene lugar en la esfera pública. La Doctrina Social de la Iglesia ha nacido para reivindicar esta “carta de ciudadanía” de la religión cristiana. La negación del derecho a profesar públicamente la propia religión y a trabajar para que las verdades de la fe inspiren también la vida pública, tiene consecuencias negativas sobre el verdadero desarrollo. La exclusión de la religión del ámbito público y el fundamentalismo religioso, impiden el encuentro entre las personas y su colaboración para el progreso de la humanidad. La vida pública se empobrece y la política adquiere un aspecto opresor y agresivo. Se corre el riesgo de que no se respeten los derechos humanos. Se pierde la posibilidad de un diálogo fecundo y de una provechosa colaboración entre la fe y la razón. La razón necesita siempre ser purificada por la fe y esto vale también para la razón política. A su vez, la religión siempre tiene necesidad de ser purificada por la razón para mostrar su auténtico rostro humano.
El diálogo fecundo entre razón y fe hace más eficaz el ejercicio de la caridad en lo social, además es el marco más apropiado para una colaboración fraterna entre creyentes y no creyentes, para trabajar por la justicia y la paz de la humanidad. Para los creyentes el mundo no es fruto de la casualidad ni de la necesidad, sino de un proyecto de Dios. Así los creyentes tienen el deber de aunar sus esfuerzos con todos los hombres y mujeres de buena voluntad de otras religiones, o con no creyentes, para responder efectivamente al proyecto divino: vivir como una familia bajo la mirada del creador. El Principio de Subsidiariedad es ante todo una ayuda a la persona, a través de la autonomía de los cuerpos intermedios; dicha ayuda se ofrece cuando la persona y los sujetos sociales no son capaces de valerse por sí mismos. Este principio respeta la dignidad de la persona, en la que ve un sujeto siempre de dar algo a los otros; también reconoce la reciprocidad como parte de la constitución íntima del ser humano, este es el antídoto más eficaz contra cualquier forma de asistencialismo paternalista. Es un principio adecuado para gobernar la globalización y orientarla hacia un verdadero desarrollo humano. El gobierno de la globalización debe ser de tipo subsidiario, articulado en múltiples niveles y planos diversos, que colaboren recíprocamente. La globalización necesita una autoridad, sin embargo, ésta deberá estar organizada de modo subsidiario y con división de poderes.
El principio de subsidiariedad debe mantenerse íntimamente unido al principio de la Solidaridad y viceversa, porque una sin la otra, se caería en un particularismo social o en un asistencialismo que humilla al necesitado. Esta es una Regla que debe tenerse en cuanta, sobre todo, cuando se afrontan los temas de las ayudas internacionales al desarrollo. Dichas ayudas, por encima de las intenciones de los donantes, pueden mantener a veces a un pueblo en un estado de dependencia, favorecer dominios locales, ó explotaciones de países. Las verdaderas ayudas económicas deben perseguir otros fines. Se han de conceder implicando no solo a los gobiernos de los países interesados, sino también a los agentes económicos y culturales locales, incluidas las iglesias. El recurso humano es lo más valioso de los países en vías de desarrollo: éste es el auténtico capital que se ha de potenciar para asegurar un futuro halagador en ellos. En lo económico, la ayuda principal que necesitan los países en vías de desarrollo es permitir y favorecer más el ingreso de sus productos en los mercados internacionales. En el pasado las ayudas han servido solo para crear mercados marginales de los productos en esos países. Hay una falta de verdadera demanda de estos productos. Es necesario ayudar a estos países a mejorar sus productos. Algunos temen con frecuencia la competencia de las importaciones de productos agrícolas de los países económicamente pobres. Pero garantizar sus productos significa garantizar su supervivencia a corto o a largo plazo. Un comercio internacional justo y equilibrado en el campo agrícola puede reportar beneficios a todos. Por esto, no solo es necesario orientar comercialmente estos productos, sino establecer reglas internacionales que los sostengan y reforzar la financiación del desarrollo para hacer más productivas esas economías.

Durango, Dgo. 29 de noviembre del 2009. + Héctor González Martínez
Arz. de Durango

“Adoramos al hijo de Dios vivo que se hizo Hijo en una familia humana”

En este tiempo de Navidad, celebramos la fiesta de la Sagrada Familia. Dios, a través de la Encarnación del Hijo de Dios, ha querido asumir uno de los misterios sagrados de la humanidad: la vida familiar. El Hijo de Dios se hizo hombre y esto sucedió en un tiempo y en un espacio. Él adoptó una familia, un hogar, una ciudad, un medio cultural determinado; creció en un entorno social, fue educado en la fe judía, aprendió el oficio de carpintero e hizo amigos. Los años pasados por Jesús en Nazaret fueron de formación, se preparación para su misión. Así lo reconocemos como verdadero hombre, pero sin perder de vista su naturaleza divina.
La Sagrada Familia es una familia que vive la realidad y los sufrimientos de cualquier familia pero al mismo tiempo es un ejemplo para ellas. “El padre reconoce como suyo al Hijo enviado por el Espíritu; tiene que hacerlo para obedecer a Dios y hacer de su Hijo un descendiente de la estirpe de David. La madre ha cedido desde siempre su Hijo al Padre divino. Y el Hijo reconoce de manera natural a este Padre divino. Para esta familia Dios y la obediencia a Dios constituye su centro y su principio de unidad. ”
Al descubrirse esta realidad familiar de la vida de Cristo, nos lleva a una doble orientación: primero a redimir a la familia humana, tan golpeada hoy por el misterio del mal y construir la familia siendo familia, es decir hacer familia. La familia se construye con la colaboración de todos sus miembros, y cumpliendo cada uno sus propias funciones de padre, madre e hijos. Si las funciones o roles se trasponen o tergiversan, no se construye la familia. Por ejemplo, si los padres son los que obedecen los caprichos del hijo o de los hijos, o si los hijos sufren no pocas veces los caprichos de los padres (divorcio, una amante…). El edificio de la familia no se acaba nunca de construir, es una tarea de toda la vida. Es una tarea que exige la colaboración y el sacrificio de unos y otros (esposos, padres, hijos) para hacerse mutuamente todos felices.
Hoy más que nunca la familia está siendo atacada por muchas partes. Pero hasta ahora la institución familiar ha resistido bien. La voz unánime de la Iglesia Católica, desde siempre, de salvar la familia para salvar la sociedad y al hombre, es una voz profética y llena de sabiduría, que hay que escuchar. Ante los ataques frontales contra el matrimonio y la familia en México debemos unirnos todos los fieles a Cristo y gritar más alto para salvar el matrimonio cristiano como fundamento de la familia. Debemos impedir que se sigan haciendo leyes que atenten contra la familia (matrimonios entre homosexuales), ya que no lo quieren la mayoría de los mexicanos (así lo demuestran las encuestas), como sucedió en estos últimos días en el Distrito Federal. Pero hay que salvarla de todos los virus que la destruyen: divorcio, infidelidad, mentalidad hedonista, individualismo egoísta, el aborto. Hay que salvarla promoviendo el sentido de familia, valorando la riqueza humana y espiritual de la familia; formando a los jóvenes en el amor, en la responsabilidad, en la entrega y capacidad de donación.
Pero también, el descubrir a Jesús viviendo dentro de una familia, es una invitación a todo hombre y mujer a formar parte de la familia divina, es decir, llamados a ser hijos de Dios. Y éstos son aquellos que anteponen la relación con su Padre a cualquier compromiso que pueda desviarlos de su voluntad, así como Cristo, hacer las cosas del Padre es lo que debe movernos constantemente; lo son también los que descubren en cada niño que nace, un signo del don del Dios de la vida.
El Papa Benedicto XVI nos invita para que, “junto a la palabra de la Iglesia, se dé el testimonio y el compromiso público de las familias cristianas, en particular para reafirmar la inviolabilidad de la vida humana desde su concepción hasta su ocaso natural, el valor único e insustituible de la familia fundada sobre el matrimonio y la necesidad de medidas legislativas y administrativas que apoyen a las familias en la tarea de engendrar y educar a los hijos, tarea esencial para nuestro futuro común”. La santa Familia de Nazaret es verdaderamente el “prototipo” de cada familia cristiana para que, unida en el Sacramento del matrimonio y alimentada de la Palabra y de la Eucaristía, realice la vocación y misión de ser célula viva de la sociedad y de la Iglesia.

Durango, Dgo. 27 de diciembre del 2009.

+ Héctor González Martínez
Arz. de Durango

LA CARIDAD EN LA VERDAD XIX

El desarrollo, las religiones y las culturas, la relacionalidad y unidad de la familia humana
La pobreza más profunda que experimenta el hombre es la “soledad”; la pobreza material también nace del aislamiento, del no amar y ser amados. También son provocados por el rechazo del amor de Dios. El hombre está alienado cuando vive solo o se aleja de la realidad, cuando renuncia a pensar y creer en un fundamento. La humanidad toda está alienada cuando se entrega a proyectos exclusivamente humanos, a ideologías y utopías falsas. La intensa interacción humana debe transformarse en verdadera comunión. El desarrollo de los pueblos depende sobre todo de se reconozcan como parte de una sola familia, que colabora con verdadera comunión.
Es preciso un nuevo impulso del pensamiento para comprender mejor lo que implica ser familia. La interacción de los pueblos se debe desarrollar bajo el signo de la solidaridad. Esto obliga a una profundización crítica y valorativa de la categoría de la relación.
La criatura humana se realiza en las relaciones interpersonales. El hombre se valoriza no aislándose sino poniéndose en relación con otros y con Dios. Esto vale también para los pueblos. Estas relaciones requieren una visión metafísica de la relación entre las personas. En este sentido la razón encuentra inspiración y orientación en la revelación cristiana, que dice que la comunidad de los hombres no absorbe en sí a la persona anulando su autonomía, sino que la valoriza, ya que la relación entre persona y comunidad es la de un todo hacia otro todo. De esta manera la unidad de la familia humana no anula de por sí a las personas, los pueblos o las culturas, sino que las hace más transparentes los unos con los otros, más unidos en su legítima diversidad.
El tema del desarrollo coincide con el de la inclusión relacional de todas las personas y de todos los pueblos en la única comunidad de la familia humana, construida en la solidaridad, sobre la base de los valores de la justicia y la paz. La relación entre las Personas de la Trinidad en la Sustancia divina, iluminan la relacionalidad del mundo. La Trinidad es absoluta unidad, en cuanto las tres Personas son relacionalidad pura. La transparencia recíproca entre las Personas divinas es plena y el vínculo de una con otra total porque constituyen una absoluta unidad y unicidad. Dios nos quiere asociar a esa realidad de comunión: “para que sean uno, como nosotros somos uno” (Jn 17, 22). La Iglesia es signo e instrumento de esa unidad. A la luz del misterio revelado de la Trinidad, se comprende que la verdadera apertura no significa dispersión centrífuga, sino compenetración profunda. Esto se manifiesta en las experiencias humanas comunes del amor y de la verdad (por ejemplo como sucede en el matrimonio cristiano).
La revelación cristiana sobre la unidad del género humano, presupone una interpretación metafísica del humanum, en la que la relacionalidad es elemento esencial. Otras culturas y religiones enseñan la fraternidad y la paz. Pero no faltan actitudes religiosas y culturales en las que no se asume plenamente el principio del amor y de la verdad, frenando e impidiendo así el verdadero desarrollo humano. El mundo de hoy está influido profundamente por algunas culturas de trasfondo religioso, que no llevan al hombre a la comunión, sino que lo aíslan, incitándolo solo a la búsqueda del bienestar individual. Hay una proliferación de itinerarios religiosos de pequeños grupos y de individuos, lo mismo que el sincretismo religioso, estos pueden ser factores de dispersión y de falta de compromiso. El proceso de globalización ha afectado negativamente porque favorece el sincretismo, alimentando formas de religión que alejan a las personas unas de otras, en vez de hacer que se encuentren y las apartan de la realidad. Existen parcelas culturales y religiosas, que encasillas la sociedad en castas sociales estáticas, en creencias mágicas que no respetan la dignidad de la persona, en actitudes de sumisión a fuerzas ocultas. Aquí, el amor y la verdad encuentran dificultad para afianzarse, perjudicando el auténtico desarrollo.
El desarrollo necesita de las religiones y de las culturas de los pueblos, pero es necesario un adecuado discernimiento. La libertad religiosa no significa indiferentismo religioso y no comporta que todas las religiones sean iguales. Este discernimiento es necesario para la construcción de la comunidad social en el respeto del bien común, sobre todo para quien ejerce el poder político; y deberá basarse en los criterios de la caridad y de la verdad y el de “todo el hombre y todos los hombres”. La revelación cristiana tiene es sí misma este criterio ya que es una religión del “Dios que tiene un rostro humano”.

NAVIDAD 2009

“Les anuncio una gran alegría, les ha nacido hoy un salvador, que es el Cristo Señor”
Celebramos la Navidad: ¡dejémonos sorprender por el misterio revelado y adorémoslo en los benditos brazos de María, quien lo presenta al mundo! El Dios inaccesible se ha hecho don, regalo para cada uno de nosotros, se ha hecho presente en su Palabra que es su Hijo Jesús. De esta manera nos asegura su amor, nos invita a la amistad con Él y se manifiesta una vez más en medio de nosotros.
El nacimiento de Jesús, hace dos mil años, se realizó la ciudad de David, es fue el cumplimiento de la promesa mesiánica. También vino al mundo en un momento concreto de la historia universal, confluyendo así la historia humana y la historia de la salvación. El niño Dios es llamado el Salvador, el Mesías, el Señor, el Portador de la Paz, en contraste a lo que sucedía en el imperio romano. Jesús nació de padres pobres y no tiene un lugar digno para reclinar la cabeza, solo tiene a José y a María quienes le ofrecen lo que tienen: “lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre”. Además este acontecimiento es anunciado solemnemente por el Ángel y le hacen coro el ejército de ángeles del cielo y sus destinatarios son los pastores, representantes del mundo pobre y marginado invitándolos a la alegría desbordante porque es Jesús quien ha nacido.
Contemplemos ahora, la llegada sorprendente del Señor, en medio de todas las situaciones humanas que vivimos y que siembran el desaliento y la angustia. También hoy como hace dos mil años hay signos de contradicción y dominación, no por un emperador como dominador del mundo, sino por una tentación constante a la secularización y al hedonismo y por una dictadura del relativismo que tiene sometida hoy a la humanidad y que “no reconoce nada como definitivo y considera como última medida sólo el propio yo y sus deseos”. Surgen constantemente falsos Mesías, con propuestas de vida nueva, democracia, justicia, libertad, pero que tienen como único criterio el poder, sus propios intereses y su propia verdad.
El mundo pobre y marginado no ha desaparecido, hay más pobres y más pobreza, más inseguridad y violencia. Los obispos en México hemos visto y “Nos desgarra la sangre derramada: la de los niños abortados, la de las mujeres asesinadas, las víctimas de secuestros y asaltos y extorsiones, los que han caído en la confrontación entre las bandas, los que han muerto en la lucha contra el crimen organizado y los que han sido ejecutados con crueldad y con una frialdad inhumana. Nos interpela el dolor y la angustia, la incertidumbre y el miedo de tantas personas que lloran la pérdida de seres queridos. Nos cuestiona más que la indignación y el coraje natural, lo que empieza a brotar en el corazón de muchos mexicanos: la rabia, el odio, el rencor, el deseo de venganza y de justicia por propia mano”.
En contraposición a lo que hoy sucede, Jesús viene como el verdadero príncipe de la paz para todos y quien lo recibe en la humildad de niño en el pesebre, recibe por medio de Él el amor total y definitivo de Dios que transforma completamente la vida y la hace don para los hermanos y fermento de justicia en la sociedad. Hoy Él nos visita y se hace uno de nosotros para liberarnos del temor, de la muerte, de la violencia, de la pobreza, del egoísmo, de la injusticia, de la impunidad y mentira. Mantengamos una actitud de escucha, porque el Dios que “habló de muchas formas en el pasado”, se ha expresado en esta “Palabra”, que es una persona viva, un acontecimiento, su Hijo único.
Dirijamos hoy una mirada de fe al misterio del Niño que nace de María por obra del Espíritu Santo, y descubramos en Él no sólo un mensaje de palabras sino a la misma Palabra hecha carne (Evangelio). Jesús nos dice con su presencia que somos amados tal como somos, a pesar de nuestros pecados, a pesar de nuestras debilidades, incluso nos ama más por eso. Llevemos este anuncio a todos los que nos encontremos y digamos: “¡Vamos, corramos a Belén para que veamos lo que el Señor nos ha manifestado!”

Durango, Dgo. 20 de diciembre del 2009.

+ Héctor González Martínez
Arz. de Durango

LA CARIDAD EN LA VERDAD XXI

Ley natural: base de toda colaboración social constructiva y desarrollo económico

La cooperación para el desarrollo debe ser una gran ocasión para el encuentro cultural y humano y no solo económico. Pero los países económicamente desarrollados deben tener en cuenta la identidad cultural propia y ajena, con sus valores humanos, si esto no sucede, no podrán entablar dialogo alguno con los países pobres. Las sociedades tecnológicamente avanzadas no deben confundir el propio desarrollo tecnológico con una presunta superioridad cultural, no deben olvidar su historia. Las sociedades en crecimiento deben permanecer fieles a lo que hay de verdaderamente humano en sus tradiciones, evitando que se superpongan automáticamente a ellas las formas de la civilización tecnológica globalizada. En todas las culturas existe una Ley Natural, querida por el Creador. Es una ley moral universal y es un fundamento sólido de todo diálogo cultural, religioso y político. Esto ayuda a la diversidad de culturas para que no se alejen de la búsqueda común de la verdad, del bien y de Dios. De esta manera, la adhesión a esa ley escrita en los corazones es la base de toda la colaboración social constructiva. En todas las culturas hay costras que limpiar y sombras que despejar. La fe cristiana, que se encarna en las culturas, puede ayudarlas a crecer en la convivencia y en la solidaridad universal para el desarrollo comunitario.
La ayuda al desarrollo de los países pobres debe considerarse un verdadero instrumento de creación de riqueza para todos. Los estados económicamente más desarrollados harán posible por destinar mayores porcentajes de su producto interno bruto para ayudas al desarrollo; también con políticas internas de asistencia y seguridad social y con la participación activa de las personas y de la sociedad civil. Es posible mejorar los servicios sociales y asistenciales; ahorrar recursos, eliminando derroches y rentas abusivas, para destinarlos a la solidaridad internacional.
Una posibilidad de ayuda para el desarrollo podría venir desde la llamada subsidiaridad fiscal, que permitiría a los ciudadanos decidir sobre el destino de los porcentajes de los impuestos que pagan al Estado y destinar un porcentaje a la solidaridad para el desarrollo.
Una solidaridad internacional que promueva el desarrollo, se manifiesta en un mayor acceso a la educación. Con este término se designa no solo a la instrucción o a la formación para el trabajo, necesarias para el desarrollo, sino sobre todo a la formación completa de la persona. Pero hay un problema: para educar es preciso saber bien quien es la persona humana, conocer su naturaleza. Si se tiene una visión relativista de la naturaleza, esto plantea serios problemas a la educación, sobre todo al aspecto moral. Cediendo al relativismo, todos se empobrecen más, con consecuencias negativas para la eficacia de la ayuda a las poblaciones más necesitadas.
Un ejemplo de la importancia de este problema es el fenómeno del turismo internacional, que puede ser un notable factor de desarrollo económico y crecimiento cultural, pero que también puede transformarse en una forma de explotación y degradación moral. La situación actual ofrece oportunidades para que los aspectos económicos del desarrollo se combinen con los culturales y educativos, a veces así es, pero en otras el turismo internacional es una experiencia deseducativa, tanto para el turista como para los locales. Se dan situaciones de conductas inmorales y hasta perversas, como el llamado turismo sexual, al que se sacrifican muchos seres humanos, incluso de tierna edad. Además esto ocurre, muchas veces con el respaldo de los gobiernos locales y con el silencio de aquellos otros de donde proceden los turistas y con la complicidad de los operadores del sector turístico. El turismo internacional se plantea de manera consumista y hedonista, como una evasión, esto no favorece a un verdadero encuentro entre personas y culturas. Hay que pensar en un turismo distinto, capaz de promover un verdadero conocimiento recíproco, que nada quite al descanso y a la sana diversión, esto se puede lograr a través de una relación más estrecha con las experiencias de cooperación internacional y de iniciativas empresariales para el desarrollo.

Durango, Dgo. 13 de diciembre del 2009.

+ Héctor González Martínez
Arz. de Durango

LA CARIDAD EN LA VERDAD XVIII

Desarrollo económico, ambiente natural y recursos energéticos no renovables
El desarrollo económico está muy relacionado con los deberes del hombre con el ambiente natural. Éste es un don de Dios para todos y su uso debe ser una responsabilidad para con los pobres, para las generaciones futuras y para con toda la humanidad. El creyente reconoce la naturaleza como el maravilloso resultado de la intervención creadora de Dios y que el hombre debe utilizar para satisfacer sus legítimas necesidades materiales e inmateriales, respetando el equilibrio de la creación misma. Si no se tiene esta visión, se termina por considerar la naturaleza con un tabú intocable, o se abusa de ella. Ambas posturas no son conformes con la visión cristiana de la naturaleza.
La naturaleza es expresión de un proyecto de amor y de verdad. Es un de Dios como ámbito de vida para los seres humanos. Nos habla del creador (Rm 1,20) y de su amor a la humanidad. Está destinada a encontrar la “plenitud” en Cristo al final de los tiempos (Ef 1,9-10). Por tanto ella misma es una vocación. La naturaleza está a nuestra disposición, no como un “montón de desechos esparcidos al azar”, sino como un don del creador para que el hombre la cultive y la salvaguarde (Gn 2,15). Es contrario al verdadero desarrollo considerar la naturaleza como lo más importante que la persona misma. Esta postura llevaría a un neo paganismo o panteísmo: la salvación del hombre no puede venir únicamente de la naturaleza. Tampoco lo contrario, “su completa tecnificación” es aceptable, el ambiente natural no solo es materia disponible a nuestro gusto, sino obra admirable del Creador, y por lo mismo tiene una finalidad y criterios para un uso inteligente y no instrumental y arbitrario. Reducir la naturaleza a un conjunto de simples datos fácticos, esto nos llevará a una violencia para con el ambiente provocando conductas que no respetan la naturaleza del hombre mismo. La naturaleza no sólo es materia, también es espíritu, por tanto, rica en significados y fines trascendentes. El hombre interpreta y modela el ambiente natural mediante la cultura, y ésta a su vez, es orientada por la libertad responsable y ésta por la ley moral. Así, los proyectos para un desarrollo humano integral no pueden ignorar a las generaciones sucesivas, deberán ser solidarias a la justicia intergeneracional.
El cuidado y salvaguardia del ambiente han de tener en cuenta los problemas energéticos. El acaparamiento por parte de algunos estados, grupos de poder y empresas, de los recursos energéticos no renovables, es un grave obstáculo para el desarrollo de los países pobres. Estos no tienen medios económicos ni para adquirir fuentes energéticas, ni para financiar la búsqueda de fuentes nuevas y alternativas. Los recursos naturales en los países pobres causan explotación y conflictos entre las naciones y en su interior, con graves consecuencias de muerte, destrucción y mayor degradación. La comunidad internacional debe encontrar los modos institucionales para ordenar el aprovechamiento de los recursos no renovables, con la participación de los países pobres y así planificar conjuntamente el futuro.
Hay una urgente necesidad moral de una renovada solidaridad en las relaciones entre los países en vías de desarrollo y países altamente industrializados. Las sociedades tecnológicamente avanzadas pueden y deben disminuir el propio gasto energético. Por otro lado se puede mejorar la eficacia energética y progresar en la búsqueda de energías alternativas. Es necesaria una redistribución planetaria de los recursos energéticos, así algunos países que no los tienen puedan acceder a ellos. Su destino no puede dejarse en manos del primero que llega o depender de la lógica del más fuerte. Los problemas sobre los recursos energéticos, para ser enfrentados de manera adecuada, requieren de parte de todos, una responsable toma de conciencia de las consecuencias que afectarán a las nuevas generaciones, especialmente a los jóvenes. Ellos reclaman tener parte activa en la construcción de un mundo mejor.
Durango, Dgo. 15 de noviembre del 2009. + Héctor González Martínez
Arz. de Durango

LA CARIDAD EN LA VERDAD XVII

Ética económica en las finanzas y en las empresas

La economía tiene necesidad de la ética para su correcto funcionamiento, pero de una ética amiga de la persona. Se habla mucho de ética en el campo económico, bancario y empresarial. Han surgido centros de estudio y programas formativos de business ethics; se difunde el sistema de certificaciones éticas; los bancos proponen cuentas y fondos de inversión “éticos”; se desarrolla una “finanza ética”. Todo esto es apreciado y debe apoyarse. Sin embargo conviene elaborar un criterio de discernimiento válido, pues se nota un cierto abuso del adjetivo “ético”, hasta el grado de pasar por éticas decisiones y opciones contrarias a la justicia y al verdadero bien del hombre.

La ética económica depende mucho del sistema moral de referencia. La Doctrina Social de la Iglesia ofrece una aportación específica, que se funda en la creación del hombre a “imagen de Dios” (Gn 1,27), algo que comporta la inviolable dignidad de la persona humana, así como el valor trascendente de las normas morales naturales. Una ética económica que prescinda de estos dos pilares, tendría el peligro de perder su propio significado y prestarse a ser instrumentalizada. Es necesario no recurrir a la palabra “ética” de una manera ideológicamente discriminatoria. Hay que esforzarse, no solo para que surjan sectores o segmentos éticos de la economía o de las finanzas, sino para que toda la economía y las finanzas sean éticas y lo sean por el respeto de exigencias intrínsecas de su propia naturaleza.

Relación entre empresa y ética. Han ido surgiendo una amplia zona intermedia entre los dos tipos de empresas (las que buscan el beneficio y las de sin ánimo de lucro), que está compuesta por empresas tradicionales que suscriben pactos de ayuda a países pobres; fundaciones promovidas por empresas concretas; grupos de empresas con objetivos de utilidad social; un vasto mundo de agentes de la economía civil de comunión. No es sólo un “tercer sector”, sino de una nueva y amplia realidad de empresas. Lo más importante es que esta “zona” de empresas, se dispongan para concebir la ganancia como un instrumento para alcanzar objetivos de humanización del mercado y de la sociedad. Ojalá que estas nuevas formas de empresa encuentren en todos los países un marco jurídico y fiscal adecuado. Así, hacen evolucionar el sistema hacia una asunción más clara y plena de los deberes por parte de los agentes económicos.

Lo anterior hay que llevarlo a cabo en países excluidos o marginados de la economía global. Hay que implementar proyectos de subsidiariedad muy bien diseñados y gestionados que promuevan los derechos y donde también se asuman las responsabilidades. En las iniciativas para el desarrollo debe quedar a salvo el principio de la centralidad de la persona humana. Los programas de desarrollo deben ser flexibles, y las personas que se beneficien deben implicarse directamente en su planificación y ser protagonistas de su realización. Es necesario aplicar criterios de progresión y acompañamiento, ya que no hay recetas universalmente válidas. “Constructores de su propio desarrollo, los pueblos son los primeros responsables de él. Pero no lo realizarán en el aislamiento”. Las soluciones se han de ajustar a la vida de los pueblos y de las personas concretas, con la respectiva prudencia para cada caso.

La cooperación internacional necesita personas que participen en el proceso de desarrollo económico y humano mediante: solidaridad de la presencia, el acompañamiento, la formación y el respeto. Desde esta óptica, los organismos internacionales deberían preguntarse sobre la eficacia real de sus aparatos burocráticos y administrativos. En este punto se desea que los organismos internacionales y las organizaciones no gubernamentales se esforzaran por una transparencia total, informando a los donantes y a la opinión pública sobre los fondos recibidos, sobre el verdadero contenido de dichos programas y sobre los gastos de la institución misma.

Durango, Dgo. 8 de noviembre del 2009.

+ Héctor González Martínez
Arz. de Durango

LA CARIDAD EN LA VERDAD XVI

Derechos, deberes, crecimiento demográfico, vida y familia

La solidaridad universal como derecho y beneficio para todos es también un deber. Actualmente muchos pretenden que no deben nada a nadie, si no es a sí mismos; que solo son titulares de derechos y no maduran en su responsabilidad por el desarrollo integral propio y ajeno. Es importante urgir una nueva reflexión sobre los deberes que los derechos presuponen. De manera contradictoria, unos reivindican derechos de manera arbitraria y exigen a las estructuras públicas que los reconozcan y promuevan; en otros lugares hay derechos elementales que se ignoran y violan en gran parte de la humanidad, sobre todo en las sociedades opulentas, como carencia de comida agua potable, instrucción básica, cuidados sanitarios elementales, en el mundo subdesarrollado y las periferias de las ciudades. Esto sucede por que al reivindicarse los derechos individuales desvinculados de los deberes, se desquician y se exigen de manera ilimitada y carente de sentido. La exacerbación de los derechos conduce al olvido de los deberes. Los deberes delimitan los derechos porque remiten a un marco antropológico y ético. Así los deberes refuerzan los derechos y reclaman que los defienda y promuevan. Si los derechos del hombre se fundamentan solo en las deliberaciones de una asamblea de ciudadanos, fácilmente podrán ser cambiados y esto conlleva a un relajamiento de la conciencia común del deber de respetarlos. Los derechos y deberes, exigen que la comunidad internacional asuma como un deber ayudar a los países en desarrollo a “ser artífices de su destino”, es decir que asuman a su vez deberes.
Los conceptos de derechos y deberes respecto al desarrollo, deben tener en cuenta los problemas relacionados con el crecimiento demográfico. Aspecto importante para el desarrollo porque afecta los valores irrenunciables de la vida y de la familia. No es correcto considerar el aumento de la población como la primera causa del subdesarrollo, aún desde el punto de vista económico. En los países económicamente desarrollados hay signos de crisis en una disminución preocupante de la natalidad; lo mismo por la disminución de la mortalidad infantil y el aumento de la edad media de vida. Es cierto que se ha de prestar la debida atención a una procreación responsable. La Iglesia que se interesa por el verdadero desarrollo del hombre, exhorta a que se respeten los valores humanos en el ejercicio de la sexualidad, que no puede quedar reducida a un mero hecho hedonista y lúdico; la educación sexual no se puede limitar a una instrucción técnica, con la única finalidad de protegerse del riesgo de procrear. Esto empobrece y descuida el significado profundo de la sexualidad. Frente a estos derechos y deberes, se debe resaltar la competencia primordial que tienen las familias respecto al Estado y sus políticas restrictivas, así como una adecuada educación de los padres.
La apertura moralmente responsable a la vida es una riqueza social y económica. Grandes naciones han podido salir de la miseria gracias al gran número y a la capacidad de sus habitantes. También, naciones en un tiempo florecientes, ahora pasan por una fase de incertidumbre, de decadencia a causa del bajo índice de la natalidad. La disminución de los nacimientos, a veces por debajo del “índice de reemplazo generacional”, pone en crisis incluso a los sistemas de asistencia social, aumenta los costes, merma la reserva del ahorro, reduce la disponibilidad de trabajadores cualificados y disminuye la reserva de “cerebros”. Además las familias pequeñas, o muy pequeñas a veces, corren el riesgo de empobrecer las relaciones sociales y de no asegurar formas eficaces de solidaridad. Estas situaciones son síntomas de escaza confianza en el futuro y de fatiga moral. Es una necesidad social y económica, seguir proponiendo a las nuevas generaciones la hermosura de la familia y del matrimonio, su sintonía con las exigencias más profundas del corazón y de la dignidad de la persona. De esta forma, los Estados están llamados a establecer políticas que promuevan la centralidad y la integridad de la familia, fundada en el matrimonio entre un hombre y una mujer, célula primordial y vital de la sociedad.

Durango, Dgo. 1 de noviembre del 2009.

+ Héctor González Martínez
Arz. de Durango

LA CARIDAD EN LA VERDAD XV

La autoridad política, la iniciativa empresarial y la globalización

La iniciativa empresarial, debe asumir cada vez más un significado polivalente. Nos hemos acostumbrado a pensar exclusivamente en el empresario privado de tipo capitalista y en el directivo estatal. La iniciativa empresarial se ha de entender de modo articulado. El ser empresario tiene un significado humano, no solo como algo profesional. Es propio ver el trabajo como “actus personae”, así todo trabajador tiene la posibilidad de dar la propia aportación a su labor. Pablo VI decía, “todo trabajador es un creador”. Por lo mismo existen varios tipos de empresas, más allá de la pura distinción entre “privado” y “público” y cada una requiere y manifiesta una capacidad de iniciativa empresarial específica. Pero, hay que tener en cuenta el significado amplio de iniciática empresarial. De manera amplia ésta favorece el intercambio y la mutua configuración entre los diversos tipos de iniciativa empresarial.
También la autoridad política tiene un significado polivalente que no se puede olvidar. Se debe promover una autoridad política repartida y que ha de actuar en diversos planos. El mercado no elimina el papel de los estados, más bien obliga a los gobiernos a una colaboración recíproca más estrecha. Hoy no se puede hablar de la desaparición del Estado. En la situación de crisis actual el Estado está destinado a crecer, recuperando muchas competencias, Hay naciones donde el Estado sigue siendo un elemento clave para se desarrollo. En el plano internacional, en la búsqueda de soluciones a los problemas actuales, se debe, apoyar en primer lugar, la consolidación de los sistemas constitucionales, jurídicos y administrativos en los países en donde sea necesario. Las ayudas económicas deberían ir acompañadas de medidas destinadas a reforzar las garantías propias de un Estado de derecho, un sistema de orden público y de prisiones, respetuoso de los derechos humanos y consolidar instituciones verdaderamente democráticas. La autoridad política en el ámbito local, nacional e internacional, es uno de los cauces privilegiados para poder orientar la globalización económica.
La globalización. Hay que rechazar una actitud fatalista de éste fenómeno. Ha de entenderse como un proceso socioeconómico, aunque no es su única dimensión. Atrás de este proceso existe una humanidad cada vez más interrelacionada, hay personas y pueblos para los que la globalización debe ser de utilidad y desarrollo. La superación de las fronteras no es sólo un hecho material sino también cultural. Hay que rechazar una visión determinista de la globalización. Es una realidad humana y puede ser fruto de diversas corrientes culturales que hay que discernir. La verdad de la globalización como proceso y su criterio ético fundamental vienen dados por la unidad de la familia humana y su crecimiento en el bien. En este sentido hay que favorecer una orientación cultural personalista y comunitaria, abierta a la trascendencia, del proceso de integración planetaria. A priori, la globalización no es ni buena ni mala, será lo que la gente haga de ella. Debemos ser sus protagonistas, no las víctimas, guiados por la Caridad y la verdad. Este proceso, ofrece la posibilidad de una gran redistribución de la riqueza a escala planetaria como nunca se había visto antes; si se gestiona mal puede incrementar la pobreza y la desigualdad. Se deben corregir las disfunciones que causan nuevas divisiones entre los pueblos y en su interior.
La transición que el proceso de globalización comporta, conlleva grandes dificultades y peligros, que solo se podrán superar si se toma conciencia del espíritu antropológico y ético que en el fondo impulsa la globalización hacia metas de humanización solidaria. La globalización es un fenómeno multidimiensional y polivalente, que exige ser comprendido en la diversidad y en la unidad de todas sus dimensiones, incluida la teológica.

Durango, Dgo. 25 de octubre del 2009.

+ Héctor González Martínez
Arz. de Durango

LA CARIDAD EN LA VERDAD XIV

La gratuidad fomenta la solidaridad, la justicia y el bien común
Juan Pablo II hablaba de la problemática de la economía y advertía de la necesidad de un sistema basado en tres instancias: el mercado, el Estado y la sociedad civil. La sociedad civil es el ámbito apropiado para una economía de la gratuidad y de la fraternidad. La vida económica debe ser comprendida como una realidad de múltiples dimensiones, en todas ellas, debe haber respeto a la reciprocidad fraterna.
En la época de la globalización, la actividad económica no puede prescindir de la gratuidad, que fomenta y extiende la solidaridad y la responsabilidad por la justicia y el bien común. Es una forma concreta y profunda de democracia económica. Solidaridad es que todos se sientan responsables de todos y no se puede dejar solo en manos del Estado. Se requiere un mercado en el cual puedan operar libremente, con igualdad de oportunidades, empresas que persiguen fines institucionales diversos. Deben participar la empresa privada y los diferentes tipos de empresas públicas, también organizaciones productivas que persiguen fines mutualistas y sociales. De la interacción de las diferentes empresas se espera una combinación de comportamientos y una atención más sensible a una civilización de la economía. Aquí Caridad en la verdad significa la necesidad de dar forma y organización a las iniciativas económicas que quieren ir más allá de la lógica del intercambio.
Cuando la lógica del mercado y la lógica del Estado mantienen el monopolio de sus respectivos ámbitos de influencia, se debilita la participación y el sentido de pertenencia de los ciudadanos. La victoria sobre el subdesarrollo requiere una apertura progresiva en el contexto mundial a formas de actividad económica caracterizada por la gratuidad y la comunión. El binomio mercado-Estado corroe la sociabilidad, mientras que las formas de economía solidarias crean sociabilidad. El mercado de la gratuidad no existe y las actitudes gratuitas no se pueden prescribir por ley. Tanto el mercado como la política tienen necesidad de personas abiertas al don recíproco.
Las actuales dinámicas internacionales requieren cambios profundos en el modo de entender la empresa. El riesgo más importante es que la empresa responsa casi exclusivamente a las expectativas de los inversores en detrimento de su dimensión social. Cada vez son menos las empresas que dependen de un único empresario y de un único territorio.
La deslocalización de la actividad empresarial ha modificado en el empresario varias cosas: la responsabilidad respecto a los trabajadores, los proveedores, los consumidores, el medio ambiente, a la sociedad más amplia, enfocándose más a favor de los accionistas. Se va difundiendo cada vez más la convicción según la cual la gestión de la empresa no puede tener en cuenta únicamente el interés de los propietarios sino también el de todos los otros sujetos que contribuyen a la vida de la empresa.
Se ha notado el crecimiento de una clase cosmopolita manager, que en la mayoría de los casos responde solo a las pretensiones de los accionistas. Pero existen muchos managers que se percatan cada vez más de los profundos lazos de su empresa con el territorio en que desarrolla su actividad.
Pablo VI invitaba a valorar el daño que la transferencia de capitales al extranjero, por puro provecho personal, ocasiona a la propia nación. Juan Pablo II advertía que invertir tiene siempre un significado moral, además de económico. Esta doctrina mantiene hoy su validez aunque se piense que invertir solo es un hecho técnico y no humano ni ético. Se ha de evitar que el empleo de recursos financieros esté motivado por la especulación y ceda a la tentación de buscar únicamente un beneficio inmediato. La deslocalización puede hacer el bien, ya que lleva consigo inversiones y formación, en la población del país que la recibe. No es lícito deslocalizar solo para aprovechar condiciones favorables o para explotar sin aportar a la sociedad local una verdadera contribución a un sólido sistema productivo y social.

Durango, Dgo. 18 de octubre del 2009.

+ Héctor González Martínez
Arz. de Durango